martes, 6 de enero de 2009

LA SEÑORITA YO - Cap 7 - Manuel y YO


Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado,pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras. HERÁCLITO


Ya pasó un año; 365 días, que sé que me engaña, lo intuyo y lo confirmo. Él no sabe que lo engaño, no lo intuye y por las dudas no pregunta. La realidad de una pareja parece ser ahora cuestión de ir creciendo y tirando juntos para el mismo lado, aceptando uno del otro cada “deseo” o “demanda insatisfecha” ; frase marketinera, que suena mercado, a mercado gay.
Pasamos unas mini- vacaciones románticas en el campo de un amigo. Para mí, que me siento un escribiente, fue como estar en un lugar exterior e interior ideal. Cerca del casco de la estancia pasaba un arroyo, plagado de cascaditas. Amo las cascadas, amo la sutil música que crean al seguir el curso; eso es el amor: no pasar dos veces por el mismo lugar. Peligro: no pasar dos veces por el mismo lugar ¿significara vivir la historia, terminarla y buscar otra? Me conflictuo, estoy pensando demasiado, estoy harto de pensar.
Sigilosamente se acerca Manuel, puedo percibirlo, si, no me cabe duda, él se acerca. Cada vez que me engaño o hizo algo que podía molestarme lo supe en el momento exacto en que estaba pasando. No me pregunté nunca ¿por qué es tan predecible Manuel ?
Recuerdo una vez que me dijo que cenaría con amigos. No terminó de decir amigos que supe que me mentía. No dije nada, salio del departamento y yo me puse a chatear con Mercedes. Mientras reía, con mi hermana, entra en línea Francisco un amigo mío.



Francisco: ¡Sergio, mi amor! ¡cuánto hace no te veo por acá! ¿En qué andas?
Sergio: Holis Francis, bien, todo bien. ¿Vos? Tanto tiempo, ¿estás en Buenos Aires o de viaje?
Francisco: ahora en Buenos Aires, en una semana viajo a España por el puto trabajo. Mi novio esta furioso ja ja ja . Pero bueno es así viste.
Sergio: Y…sí. Yo bien trabajando mucho y… de novio ja ja
Francisco: Contame yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Sergio: Nada, todo bien. Hace un año que salgo con un chico que concí, ya convivimos y todo bien. Que sé yo.
Francisco: ¡Qué alegría! Yo hace más de un año que no te veo, ponete las pilas y te venís un día con él y cenamos los cuatro. ¿Cómo se llama?
Sergio: Bueno dale, arreglamos y un día vamos. Manuel se llama
Francisco: ¡Qué bueno que estes con alguien, a vos te gusta la vida en pareja! ¡Ah! Te acordas de Juan, mi amigo medico de San isidro?
Sergio: ¿Cuál?
Francisco: Juan che, que no conseguía novio ni a palos. Hoy cenaba con un chico de Palermo, lo invito a un restaurante de la Costanera y creo que después iban al cine. Me acorde porque me contó que se llama Manuel, como el tuyo.
Sergio: Mira vos, que coincidencia.
Francisco: Si, Juan esta muy expectante con el encuentro, lo pasaba a buscar por la esquina de su casa.
Sergio: ¡Ah! ja ja ja, a ver si me lo encuentro todavía.
Francisco: Y si, Palermo es chico y se conocen todas ja ja ja, por la dudas no andes por Charcas y Salguero, ja-ja-ja-ja-ja
Sergio: ¿Charcas y Salguero?, cerca de donde vivimos nosotros. Che Juan, ¿cómo es el chico que conoció?
Francisco: Mira, mucho no sé; me contó que es alto, unos 32 años, creo que trabaja en una consultora, no sé bien, mañana me contara.
Sergio: Ok. Bueno Juan, espero verte pronto a vos y tu amorcito. Te mando un beso y te quiero mucho.
Francisco: Yo a vos también, cuídate y tráenos a tu chico así lo conocemos. Besitos.
Sergio: Besos.

Caíamos en lo mismo; otra vez engañándome, otra vez la idiotez de su parte. Llego al departamento y lo llamo. No atiende. Le mando un mensaje de texto. A los minutos me responde que no tiene casi señal y que me atiende y se corta.
Decido no llamarlo más.
Me ducho, preparo un whisky y me recuesto a escuchar música.
Manuel se había ido a las nueve de la noche. Cuando regresó, cerca de medianoche, a la hora de las brujas, en la hora oscura, me dice mientras me da un beso:

- Hola mi amor ¿estás dormido?
- No, te esperaba. ¿Cómo te fue?
- Bien, todo bien. ¿Vamos a salir?
- Pero acabas de llegar, contamé; ¿cómo te fue?.
- Bien, fuimos a cenar por Palermo con los chicos del trabajo. Bien, la pasamos bien.
- ¿Si? ¿Seguro que saliste con ellos?
- ¿Qué preguntas? ¿Ya empezas? ¡Déjate de joder! – me respondió mientras comenzó a prepararse un whisky.
- Nada, te pregunto, no sé por qué te pones así.
- Mi amor, siempre estas dudando! ¿Dónde voy a estar?
- Y qué se yo, viste como es el destino, te lleva a lugares que a veces deseas, por ejemplo a la Costanera, a cenar con un tal Juan ¿no? - le dije sin pelos en la lengua, viendo como él empalidecía
- ¿Qué decís? ¿Con qué Juan? ¿Vos estas cada vez más loco!
- Y vos cada vez más mentiroso. Y al cine; ¿qué fueron a ver?
- No te aguanto más. Me voy a caminar.

Dio un portazo y se fue. A los pocos minuto regreso. No le hable. No me hablo. Se acostó a mi lado y busco abrazarme. Yo no tenia ganas de abrazar un mentira; ¿quien habrá sido el imbecil que invento la frase que reza “una mentira no es más que una verdad que a veces duele menos”. Quien puede ser tan idiota.
Soy un tipo que necesita saberlo todo, aunque duela, aunque mate. Siempre entendí que a una persona se la mata de una sola vez y no todos los días un poco. Creo que el poder que te da la verdad es algo inmaculado: es el poder de poder decidir que hacer de nuestras vidas ante determinadas situaciones. Ese poder debe ser dado por naturaleza, y lamentablemente, a vece por el otro. Si el juraba ser tan frontal: ¿cuál era la necesidad de la mentira?. Mi mayor dolor era permanecer en la incertidumbre. Yo no hacia nada evidente y aunque después de su primer engaño, en aquel viaja a San Juan, que provoco mis ganas de experimentar otras cosas, nunca le di un mínimo motivo para que sospeche. Después de todo el sexo corresponde a la esfera de lo privado; ¿para qué contar entonces mis engaños? Luego de mi efímera y extremadamente caliente aventura en el ascensor, entendí que nunca le iba a contar mis pequeños grandes deslices; ¿para que? Si pertenecían a mí y a un instante de mi vida.
Cuando nos levantamos y mientras él hacia el desayuno volví a preguntarle donde había ido y volvió a mentir y a enojarse. Decidí callarme, el tiempo suele traer la verdad como una forma limpia y llana de aclarar todo.
Tres meses después me contó de su salida con Juan, que casualmente era el amigo de mi amigo Francisco. Le pregunte por qué me había mentido y dijo la idiotez de siempre: para no lastimarte. ¿Todo podía continuar normal? La otra frase idiota: “la primera vez que me engañes es culpa tuya, la segunda culpa mía”. Cambiaría: “la primera vez que me engañes es porque sos un tanto puto, la segunda es porque sos muy puto y cobarde” Todo esto argumentado en sus palabras: vivió diciéndome siempre que yo era el amor de su vida, la persona con la que quería pasar su vida. Pero por favor; a otra cosa mariposa. Las locas no nos cocinamos en el primer hervor. Las “mariquitas” somos miles, pero lamentablemente nos conocemos todas.
Seamos realista, la tentación esta en todos lados, sobre todo cuando uno es habitante de una gran ciudad, pero de ahí a encamarte con el primero que se te cruza por el solo hecho del deporte sexual o de sentir que sos algo para el otro, hay un largo trecho. Siempre considere que las situaciones se dan, no se provocan, Manuel vivia provocando estas situaciones y empezó a hacerlo delante mío, cosa que en un principio me desquiciaba. Él lo presentaba como un juego de seducción para alimentar su narcisismo; yo lo vivía como una provocación constante hacia mi amor por él, hacia mi entrega. Pero siempre me he advertido y he advertido; no tengo que sentirme provocado, ni vulnerado, no busquen que saque a los otros, los que habitan en mí.
Esta situación la vivimos en dos o tres oportunidades más, por lo menos las que me contó, estimo que fueron más, pero allá el y sus negaciones.
Me sentí cansado, uno de los pocos días en que lo vi relajado busque el diálogo sincero para ver que haría yo, ya que para Manuel, la vida era un interminable bacanal.

- ¿Por qué no hablamos sobre lo que queres de nuestra relación? - le dije, mientras le daba un mate.
- ¿Cómo que quiero?; estar con vos. Te amo y quiero comprometerme con vos, con alianzas y todo, ¿te gustaría?
- No hablo de eso, y mis compromisos pasan por otro lado, no por una alianza.
- Sos un mala onda –respondió mirando para otro lado.
- No soy mala onda, no me banco más que mientas y hagas boludes tras boludes o te ponés las pilas o cortamos.
- No quiero cortar, pero no sé que me pasa. Me encanta estar con vos, te amo como creo que nunca ame a nadie… Pero no puedo dejar de coger con otros. Quiero que sepas que te engañe tres veces y te lo dije…
- No me lo dijiste, me lo confirmaste, yo ya lo sabia.
- Como digas , pero quiero estar con vos y necesito que me ayudes con esto. No quiero perderte.
- ¿Qué propones?
- Yo te conté que no experimente muchas cosas sexualmente. Creo que eso es lo que perjudica nuestra relación, por eso soy infiel con vos y con otras personas que estuvieron conmigo….
- Bueno ¿cómo te ayudo?- le dije algo fastidioso.
- No sé, que se yo. Si tengo ganas de estar con otro me gustaría que vos también estes, eh… prefiero que compartamos una persona los dos a que yo te sea infiel. Prefiero dejar de mandarme cagadas solo y empezar a hacer eso con vos cuando sienta ganas de tener sexo con otro. Después de todo a vos te amo y podemos compartir eso ¿no?
- ¿Me propones cama de tres?
- Si, que se yo…si. –respondió

Me sorprendí de la misma manera en que sorprende cualquier mortal que camina por Buenos Aires y ve tirado en la calle un mendigo; es decir: una propuesta así de su parte fue…nada. De todas formas, como yo nunca había estado en una cama de tres, nunca una pareja me había pedido eso, se cruzaron por mi mente mil imágenes ; los cuerpos de otros rozando el de Manuel, las lenguas perdiendóse en su cuerpo, los sexo entrelazados jugando a ser posesiones, la promiscuidad jugando a ser cotidiana. Nada, no pensé en nada y pense en todo, aunque nada de él podía sorprenderme ya.


- No sé si voy a poder, pero entonces ¿no me amas? – le conteste.
- Te reamo, ¿no entendés? ¿qué tiene que ver el amor con el sexo?- me dijo como si nada.
- No sé supongo que mucho,¿ te parece que nada tiene qué ver el amor con el sexo?
- No, a vos te amo, a los otros no.
- Bueno vemos que pasa. –le dije queriendo cerrar el tema.
- Te amo – dijo él, mientras empezaba a besarme, a desnudarme y hacerme el amor.

Tenía razón, nada tenía que ver el sexo con el amor, después de todo, yo empezaba a tener una vida sexual paralela. Cada vez me confirmaba a mí mismo que nada volvería a ser igual con Manuel; que nunca volvería a confiar en él, y que el amor empezaba a ser solo una ilusión pasajera, algo que fue en un tiempo en que pudo ser.Ese tiempo no existía más.

viernes, 2 de enero de 2009

LA SEÑORITA YO - Cap 6 - XXX



Llego a lo de Hernán; un amigo que tengo postergado y deseo recuperar. Me mando un mensaje de texto insultándome porque hace tres meses que no nos vemos. Pienso que en la adolescencia tres meses no significan nada. Después de los treinta empiezan a ser décadas. ¿Exagerado yo?
Le contesto diciéndole que, si hoy esta en su casa, pasare a visitarlo. Responde que seis y media de la tarde me espera.
En el trayecto a su casa recordé cuando lo conocí, fue en un pub alternativo de calle Corrientes. Él estaba en la barra y yo sentado en una mesa próxima. Él solo. Yo también. Cruzamos una mirada entre cómplice y aventurera, y con su osadía de siempre, agarro la bebida que estaba consumiendo se acerco a la mesa y me dijo:

- ¿Me puedo sentar con vos?, tu mirada me cautivo.
- Mira vos, ¿mi mirada? – le respondí incrédulo – sentáte .

Bien podríamos haber tenido una historia, pero la charla llevo a no pertenecernos. Los dos teníamos veintitrés años y la incertidumbre como destino. Aun hoy cuando nos juntamos para ir al cine, tomar algo o simplemente charlar; siempre, irremediablemente, en algún momento, volvemos a cruzar esa mirada de la primera vez.
Toco el piso 14 de la Torre Callao, Hernán es arquitecto y su departamento es un derroche de buen gusto y sobriedad, nadie diría que ahí vive una loca desenfrenada. Entro al edificio con toda la ansiedad de contarle de mi relación con Manuel, para escuchar otro punto de vista, que me diga que no estoy tan loco.
Espero el metálico ascensor, entro mientras escucho una voz masculina que grita:

- Aguarda un segundo por favor.

Cuando esa voz se hizo cuerpo, dentro del cubo automatizado, el aire densifico mis venas. Frente a mí, parado sin dejar de mirarme, un ejemplar de macho en extinción. Un hombre, con mayúsculas, cubierto en un traje Armani, envuelto en una fragancia que me elevaba, alto; en mi metro ochenta quedaba grande, su boca admitía ser una puerta al desenfreno, sus ojos escupían un verde intenso, y sus manos podrían abarcar el colosal cuerpo de un guerrero Zulú.
Un instante puede ser nunca, o puede ser simplemente un instante.
Mis aturdidos nervios logran sentir como se cierra la puerta del ascensor. Él frente a mÍ, levanto tímidamente la vista para que no se de cuenta que ya lo había mirado y veo como sus ojos están clavados, fijamente, amuradamente, en los míos.
Mis manos sudan. No le pregunto a que piso va. No me pregunta a que piso voy. En realidad no sé donde estoy. Pienso lo peor; es un loco, me va a matar, es un asesino; ahora me despelleja vivo, crucifica mi cuerpo en la terraza y realiza un ritual indio, en ese attache lleva un cuchillo, no; una espada, no un revólver, no, una soga y me estrangula… ¿Qué pasa? ¿Quién es el loco?
Vuelvo a la realidad cuando esa boca, que admite ser una puerta al desenfreno, se pega a la mía violentándola con una lengua mojada de tanto calor. Una lengua que explora cada rincón de mi boca. Me pierdo, agarro su cabeza por atrás y mi lengua juega a poseer su boca. Sus ojos permanecen abiertos como los míos; queremos ver, queremos vernos, observar la próxima jugada del otro. Esas manos gigantes empiezan a apoderarse de mi cuerpo, me estremece, desabrocha el cinto de mi pantalón, me saca la camisa con un solo movimiento, siento explotar, siento como su piel comienza a quemar la mía. No me importa nada, a él tampoco. Desanudo su corbata, su lengua sigue haciendo estragos en mi boca, rodea mi cuerpo, estruja mi espalda. Rompo todos los botones de su camisa, impecable, en una desesperada carrera por ver su torso desnudo. Dejo de sentir la sensación de levitar, el ascensor se detuvo. Se abren las puertas, me toma de la mano. Entramos a una especie de solarium; un cuarto enorme, como una gran casa vidriada, a lo lejos se ve una línea azul, roja y amarilla; el día da paso a las sombras. Me tira contra una pared y sigue ultrajando mi boca. Todo sin hablar.
Mis manos bajan hasta su sexo y se encuentran con una dureza brutal y primitiva. Lo rozo, lo toco, marco un terreno que en breve será mío. Siento su primer gemido, un halito de voz, un susurro gozoso. Deseo esa roca humana, ese celestial cuerpo que habita en su cuerpo. Lo deseo y él lo sabe.
Lo desnudo completamente como hizo conmigo. Nos encontramos tirados en una montaña de colchonetas. Su lengua dibuja surcos en mi piel, se posa en mis tetillas y las rodea de saliva, para volver a besarlas y lamerlas y besarlas.
Siento que voy a perderme en un orgasmo infinito. Gira mi cuerpo para besar mi espalda, baja hasta la cintura, recorriendo mis nalgas, mis piernas. Apoya su cuerpo sobre el mío; el poder embriagador de su miembro duro apoyándose en mi culo, balanceándose seguro en ese terreno desconocido, me vuelve más loco aún.
Se detiene, yo no reacciono. Escucho algo así como la rotura de un plástico y vuelvo a sentir sus manos tomándome la cintura para levantarme. Deseo morir en este instante. Esa roca comienza a entrar lentamente en mi cuerpo, esa roca sedienta de sexo va lentamente abriendo un camino en el interior de mi hoguera. Sólo se escuchan sus leves gemidos, muy suaves, casi imperceptibles. Yo estoy mudo, revolcado de placer, no logro emitir sonido. Mi mente me calla y mi sentir me dice que grite como una perra, como la perra que soy, que gima como si me estuviese cogiendo el quinto regimiento de infantería completo. Que grite, que gima, que grite, que un instante es simplemente un instante. Dejo sentirme y sentirlo en el silencio. Que nada acabe, que todo se postergue.
Cada vez más fuerte y acompasado va taladrando mis entrañas, no logro resistir más, parece que él tampoco. Su cuerpo cae sobre mí espalda, su boca en mi oído exhalando gozo, respirando agitadamente, su corazón parece querer entrar en mi espalda. Suavemente se levanta, suavemente vacía mi cuerpo del suyo.
Logro darme vuelta mientras él se viste. Agarro mi ropa. Me mira y sonríe, devuelvo el gesto. Me cierra un ojo y escucho su voz: - Chau.
Podría no haber roto el silencio, hubiese sido todo más mágico.
Hago un paneo del lugar y recuerdo que llegue ahí porque venia a lo de Hernán. Recuerdo que entre ahí porque Hernán me había abierto la puerta y me estaría esperando. Corro, llamo al ascensor y marco el piso 14. La puerta estaba abierta, desde allí lo llamo.

- ¿Dónde te metiste? – me dice enojadísimo – hace quince minutos que me tocaste el portero, ¿no me vas a decir que te perdiste acá!?
- ¿Cómo? ¡Ah! No, ahora te explico. Convídame un café. – le contesto perdido en mí.
- Bueno, bueno, pero acompáñame a la panadería que quiero que pruebes unos strudells que son un placer. Vamos, dale.

Bajamos los catorce pisos, me pregunta si me pasa algo que estoy tan callado y respondo que fue un día de mucho trabajo y estoy algo cansado. Me había dicho quince minutos; esta cuestión del tiempo es demasiado sobornable. Creí haber estado horas con ese cuerpo balanceándose sobre el mío, con esa lengua comulgando con la mía, con ese hombre que ni siquiera sabia su nombre. Aunque tampoco me importaba.
Hernán compra esos strudells que se ven maravillosos y volvemos. Llamamos al ascensor y cuando las puertas se abren aparece él. El mismo que minutos antes había sido el sultán en los emiratos de mi cuerpo. Quede paralizado. Él, como si nada, nos dice: - Buenas tardes – como cualquiera puede saludar a dos extraños. Luego se pierde atravesando la puerta principal.

- ¡Nene! – me dice Hernán.
- ……………………...
- ¡ Che puto reacciona!, ¿Qué te pasa, tenes leche acumulada?
- ¿Eh? ¿Qué pasa?
- ¡Pero te quedaste cual loca alzada mirándolo!
- Bueno che, esta fuerte, perdona, por ahí no me di cuenta. - le respondí.
- Todo bien. Es un mata putos, como su mujer, es un sorete. Viste como pienso yo; se debe morir de ganas de cojerse un tipo, pero no se anima.
- Y sí, ¿capaz no?- le respondo yo.

Ya no le contaría a Hernán sobre mi pequeña aventura con el mata puto. Que se yo; un instante puede ser nunca, o puede ser simplemente, un instante.

jueves, 1 de enero de 2009

LOS ENANOS, de Harold Pinter


Como todas las obras de Pinter, en Los Enanos, prima el dialogo asomado y arrojado en un lenguaje profundamente arraigado a la desnudez de la condición humana.
Harold Pinter, Premio Nóbel de Literatura 2005, deslumbra en esta magistral obra escrita en la inverosímil Londres de la década del 50 donde sus tres protagonistas se cruzan desopilantes diálogos que no tienen sentido en si mismos, sino que forman parte de la historia de la micro-sociedad encarnada por sus protagonistas.

- ¿Qué tienes contra Jesucristo?
- Esa fue una bola bien agresiva.
- ¿ No la puedes jugar?
- ¿ Con qué empresa trabaja él ?
- Trabaja por cuenta propia.
- Ah, si –dijo Mark-, él recibe apuestas allí en el canódromo, ¿verdad?


Conversaciones contenedoras de un lenguaje propio, escapando a toda regla, desajustando cualquier lógica. La exploración de la naturaleza humana como origen y final, con la intuición de un no saber que desempeña un papel fundamental.
Dos hombres y la llegada a sus vidas de una mujer; ¿tres amigos? ¿dos amantes? ¿tres desencuentros?.

Pinter alumbra y oscurece en esta novela que durante mucho tiempo y sin conciencia se hallo olvidada desde un olvido inolvidable.
La excelencia de su prosa merece en si un análisis adicional.

Agradecimiento: Editorial Losada/Gabriela Pommy (Prensa) Corrientes 1551

LA SEÑORITA YO - Cap 5 - Manuel y yo




El Río de la Plata se presenta como un suburbio de agua y lodo. Hace casi seis meses que estamos juntos. Gonzalo quedo atrás después de la separación, como queda todo lo que fue una urgencia, en el otro, en mi. Estamos en la terraza del barco, el sol se siente tibio sobre la piel. Nunca pensé que Gonzalo me insultaría al decirle que quería terminar con la relación. Luego de algunas semanas volvió a hablarme. Lo mismo había pasado con Gustavo; con el que conviví cinco años, hasta que un día sentí que no ocupaba el rol de pareja sino de padre, y yo no tengo sexo con mi padre. Cuando plantee la separación, lloro mucho. Nunca pensé que así sería. Yo también llore mucho; viví todo como un fracaso, sin dudas la culpa no es de uno, es de dos y de a dos, no se debería llegar al fracaso, por lo menos a las recurrencias. A las pocas semanas de separarnos, Gustavo, se fue a vivir a España. Quede en el departamento con la soledad cayéndome en el cuerpo y en el corazón. Sólo estuvo seis meses y regreso con toda la intención de recuperarme. Mi felicidad al verlo contrarresto con mi negativa de volver con él. En ese momento se desato el caos; me dijo que nunca sería mi amigo, que no podíamos vivir juntos, etc, etc, etc. Dos días después me mude a un departamento de unos amigos, lugar que se convertiría en el reducto de mil historias. Durante muchos meses me odio con la misma intensidad que decía haberme amado. Me encontraba en un pub o boliche y me insultaba. Nunca entendí esa actitud de un hombre como él. Un domingo, ese día que suele ser el indicado para encontrar la muerte, Gustavo vino al departamento, fuimos al cuarto y llorando, nuevamente, me pidió disculpas por todo. Ahí fue el final de nuestra relación y el inicio de una amistad que duraría siempre .
Manuel me pregunta si me gusta navegar. Le respondo que sí, que siempre que puedo lo hago. Antes me gustaba ir solo, tomar el barco comedor, que tenia un recorrido de cinco horas por todo el Tigre, y sentarme en sus mesitas a escribir enmarcado en ese contexto de agua y verde, siempre en primavera o verano.
Me dice que se siente feliz conmigo y que me ama. Tengo el mismo sentimiento.
Algunos niños juegan mientras sus padres pierden la mirada triste en el río ¿estarán arrepentidos de la vida que eligieron? Frente a nosotros, otra pareja gay; hombres maduros. Se dicen todo con la mirada. No puedo dejar de mirarlos sin pensar en todo, sin pensar en ellos. ¿Cómo y cuándo se habrán conocido?, ¿cuánto hará que están juntos?, ¿él, lo amara a él? Y el otro él, ¿amara a ese él?
Lo miro a Manuel, la cara levantada orientada al sol con los ojos cerrados, debe sentir la caricia de la tibieza, debe buscar la calidez del astro. ¿Deseará las manos mías, en este momento, acariciando sus temores? Lo miro proyectando todo, me mira y sonríe. Acaricia mis manos sin importarle nada. A mí tampoco, no sé si alguien nos mira, no sé si somos parte colorida del paisaje o generamos rechazo a los otros. No importa; este momento es nuestro y de nadie mas. Si hay espectadores que no les gusta la situación, que no miren, a nadie hacemos mal.
El sol empieza lentamente a bajar, en un rato se perderá en un horizonte de agua; llegamos a puerto. Los niños bajan como si hubiesen estado encerrados mucho tiempo, corren a tierra, los padres gritan por miedo que caigan al agua. No reímos, nos reímos mucho. Compramos algunas cosas para el departamento y el tren que parece pertenecer a una película de animatics nos regresa.
El atardecer se presenta cálido. Llegamos al departamento, nos duchamos y vamos a Palermo; al mismo bar donde fuimos la primera vez. Seguimos charlando, los temas nunca se agotan. Y nos reímos, nos reímos mucho. La risa nos rescataba de todo, es como una terapia personal y secreta .Siempre tuvimos la virtud de reírnos mucho; de nosotros, de las situaciones que vivíamos, de los otros sin ser irrespetuosos. Nos reíamos de las formas preestablecidas, de esas formas sociales que nunca son formas, sino prejuicios.
Claro que la risa suele ser, muchas veces la antesala de lo no entendible, de lo que nos da miedo, de lo que nos calla. De todo lo que creemos lógico y certero.
Estábamos en el mismo balcón, riendo. Manuel se pone serio de repente, de golpe. Le pregunto si le pasa algo y me cuenta de su viaje a San Juan, un mes atrás.
Cuando él viajo a San Juan, una semana, lo extrañe muchísimo. Viajaba por trabajo y esos días, para mí, fueron años. Durante los primeros tres días no recibí llamado, ni mensaje alguno. No sabía en que hotel estaba ni nada. A veces, no entender nada hubiese evitado tantos malos momentos. Otras hacerme el desentendido hubiese resultado ideal. Después de cuatro días me llama diciendo que en unas horas sale para Buenos Aires, que me extraña mucho y que tiene ganas de estar conmigo. Aun recuerdo su regreso; hicimos el amor como nunca antes, una, dos, tres veces…¿ será el sexo un estigma del genero o simplemente un icono de propiedad?
Me contó de lo bien que lo había pasado y lo lindo que era San Juan, de su trabajo nada.

- ¿Qué tiene el viaje a San Juan? – le pregunto.
- No fui por trabajo – dice bajando la mirada.
- ¿Y a qué fuiste?
- Antes de conocerte a vos, chateaba con un chico de allá y fui a conocerlo. No sé por qué, a veces no sé por qué hago las cosas. Me invito, yo estaba un poco cansado del ritmo de acá y fui a descansar un poco… nada, no sé por que te cuento… - hablaba todo sin mirarme.

No. No; esto no es una tragedia, sólo una mariquita puede vivirlo así; bien, soy una loca dramática. Ergo: era una tragedia.
Lo que uno puede sentir ante esta situación, sólo se sabe cuando pasa. Mi cuerpo se congelo, mis sentimientos tambalearon y mí mente comenzó a correr agitadamente, como queriendo desprenderse de mi.

- ¿Tuvieron algo? – pregunte como un imbecil.
- ……………..
- ¿Sí? – seguí preguntando.
- Si, tuvimos sexo, pero sólo una vez, después no pude. –me dijo casi en susurros, todo sin mirarme a los ojos.
- ¿Vamos? – dije yo, no soportaba más estar ahí, estar con él. ¿Para qué le dije vamos?
- ¡Para!, ¿dónde vamos?, sentaté por favor. Esta todo bien. Me di cuenta que te amo. Él otro no me intereso, no sé por qué lo hice. Dale no te enojes. Fue sexo, sólo sexo.

Yo estaba parado llamando al mozo. Pagué.

- ¿Te quedas? – le pregunte.
- Vamos – contesto.

Caminamos por una Buenos Aires saturada de malos aires. Vamos en silencio. ¿No vas a decir nada? – me pregunta. No respondo, no quiero hablarle una palabra. Todo lo vivido en este día tiene que ser parte del olvido. Todo fue una gran mentira – pienso – preparo todo el terreno para, a la noche, hacerme atragantar con esta novedosa vejez.
Pensar que estuvo con otro, que manoseo a otro, se beso con otro, cogio con otro; me da nauseas, asco. ¿Cómo pudo llegar de San Juan y acostarse conmigo de esa manera? ¿Como pudo mantener una mentira de una manera tan integra? ¿Para qué me lo cuenta ahora? ¿Necesita hacerme sufrir?. ¿Nunca escucho la frase: ojos que no ven corazón que no siente? ¿Cuál es la necesidad imperiosa de hacerme mierda?
Llegamos al departamento, agarro el bolso y empiezo a tirar mí ropa en el; mi dramatismo suele superar cualquier novela venezolana.

- ¿Qué haces? – me dice.
- Me voy a la mierda – le respondo sin mirarlo.
- No. Vos no te vas. ¿Por qué te vas?. No jodás, dale. Vos no te vas. Te amo, me equivoqué. – todo lo dice llorando, como lo veré tantas veces llorar.
- No me importa nada, no me importas nada – le digo también llorando como lo haré pocas veces.
- Sentaté, hablemos, ¡por favor!, ¡dale! – suplicaba –
- ¿Qué queres decir?

Durante cuatro horas hablamos. En la conversación no cabían mas justificaciones de su parte; que había estado equivocado, que se dejo tentar, que lo entienda, que se entregaría por completo a mí, que le diera otra oportunidad, que me amaba como nunca había amado, etc, etc, etc.
Yo no entendía, hasta ese momento, como alguien que decía amar tanto, podía engañar así. Claro que también las personas, las situaciones y las cosas cambian. No es lo mismo el amor de los diez y ocho con el de los treinta y dos.
Hasta que me supe engañado, creía que el amor, el compartir y el sexo eran de dos personas o de a dos. Nunca había sido infiel y siempre creí conveniente no dudar del otro; en realidad mis otras parejas, de muchos años por cierto, nunca me dieron motivos para sospechar. Hasta ese momento había vivido relaciones amorosamente clásicas y sin conflictos de este tipo.
Mientras Manuel me largaba una catarata de excusas yo pensaba que cuando estuve solo no fui precisamente una monja de clausura; todo lo contrario. Recuerdo que cuando me separe de mi primer pareja, sin haber experimentado nada más que ese cuerpo y queriendo saber de que se trataba todo, le puse ruedas al culo y lo largue por Avenida Santa Fe.
Avenida Santa Fe fue como el foco de la movida gay; locas de todos los tamaños y colores desfilaban permanentemente por ella. Los viernes y sábados cualquier unabomber sediento de explosiones se hubiese deleitado viendo volar plumas luego del estallido. Yo era una de esas locas, hasta me atrevo a decir una de la más deseadas.
Eran otros tiempos, distintas mentalidades; algo así como más tranquilo, más naif. Olvidarnos un poco de todo y de todos, jugar a ser novios con los que nos entregaban una sonrisa y nos regalaban una caricia. Eran épocas lindas, sembradas de creencias en eso que llamábamos amor, de verdes promesas.
Yo tenia novietes a montones, mis amigos temblaban los fines de semana por miedo a que me convierta en una modelo arrojada del balcón, pues desfilaban por el departamento tres de “mis chicos” pensando cada uno que me tenían en exclusiva. Yo era chico, muy chico, inmaduro, muy inmaduro, con todo lo que eso significa. Sin concepción del peligro.
Una vez conocí a un pibe, Marcelo, en un boliche de Recoleta. Él quedo deslumbrado conmigo y yo con él. Hablamos mucho bajo las luces de aquel boliche de la vedette, mientras ella caminaba, enorme, por todo el lugar saludando a todos. Casi al cierre del local, Marcelo me dice: - Vine con unos amigos, ¿te venís con nosotros? - Las fiestas no me van- le conteste. Se río y me dijo que a el tampoco, pero que había venido con sus amigos, con los que salía siempre y se iba con ellos, deseando que yo me vaya con él.
Cuando salíamos del lugar, repito; boliche de una vedette en Recoleta, paramos un taxi y le dicen al chofer que el destino es Retiro. ¿Cómo Retiro?, les pregunto. - Sí, somos de Rosario, Provincia de Santa Fé, ¿no te lo dije?, me contesto Marcelo. Quede en blanco. El color fue cambiando cuando desde la ventanilla del micro en el que viajamos, vi como el Río Paraná aparecía antes mis ojos. Tres días me quede en Rosario, con lo puesto, viviendo setenta y dos horas maravillosas. Historias, sólo historias. Y por cierto yo estaba solo y no le cagaba la vida a nadie.
Buscar la otra mitad es cosa engorrosa, tampoco iba a mantener un amor a la distancia. A Marcelo lo volví a ver un par de veces y siempre la pasamos bárbaro, pero todo lo que empieza termina. Bueno nada, yo no era un santo precisamente. También de esta manera he ido a Córdoba, Mar del Plata, Montevideo, Punta del Este, Río de Janeiro y algunos otros destinos en América y mi hermosa Argentina. Una búsqueda constante.
Claro que Avenida Santa Fe ya no es lo mismo; pocas locas la recorren. Muchas de las de antes se “casaron”, otras se las llevo la vida por querer vivir todo con todos y las históricas, sólo aquellas que sobrevivieron, siguen caminándola, con más años encima de lo que aparentan, buscando un destino que parece no aparecer.
El amor, los amores, en realidad los hombres serian siempre parte de mi vida. Creo que en esa búsqueda mi realidad era encontrar todas mis carencias, todo aquello que me faltaba, pero en otro. Completarme parecía depender de los otros. Repito; muchas veces las realidades cambian, como nosotros, seres humanos y erráticos por naturaleza.
Con Manuel decidimos darnos otra oportunidad, aunque no sé si de estas oportunidades se vuelve, por lo menos yo parecia haber comprado un boleto de ida solamente.
Nada volvió a ser igual para mí; hay dos cosas que me gusta tener en claro con el otro; sentirme respetado y querido y por otro lado sentir que confío. El respeto y la confianza debían reconstruirse y si su idea del amor iba a ser esa, había que trabajarla o terminar definitivamente la relación.
Me sentí cansado y quería dormir. Cuando desperté a la mañana las cosas que había guardado en el bolso estaban perfectamente ordenadas en el placar. Me había dejado el desayuno sobre la mesa de la cocina y un papelito escrito en rojo con la leyenda: TE AMO. Sonreí y creí poder volver a empezar. Nunca nada volvió a ser igual. Si él me miraba con los mismos ojos de siempre luego de haberme traicionado, yo quería sentir el poder de hacer lo mismo: sostener la mirada luego de engañarlo.

La Señorita YO - Cap 4 - Yo


Hace algunos días cumplí 18 años; y el pescado sin vender, diría mi abuela. No conozco nada del mundo; o soy idiota o muy inocente. Estoy en un cuerpo que me resulta ajeno, con un sentimiento que me sabe extraño: me gustan los hombres. ¿Será pecado? No sé que hacer, el infame secreto sólo es compartido con mi hermana y parece ser que deja, ahí, de ser secreto. Todo es silencio y una peligrosa quietud.
Buenos Aires, mi ciudad, tienen toda la magia de las posibilidades. Todo puede darse, todo puede nacer a la vuelta de una esquina. Al menos eso creo.
Es viernes, como cada viernes, saldré de la facultad, caminaré seis cuadras, hasta la parada del 132, y llegaré a casa media hora más tarde. Mamá me habrá dejado la cena lista, Mercedes estará en su cuarto hablando con el novio y mi padre no se donde. Me llamará algún compañero de la facultad para salir y me haré negar o le diré que estoy cansado. Mi mundo se reduce a lo que más deseo: escribir, leer y encontrarme. ¿Tiene sentido acaso la vida sin estas cosas?, ¿qué nos rescata de no tener lo que no tenemos? La pregunta filosófica sobre el sentido de la vida, digo, ¿cuál es el sentido? ¿Hay qué buscar un sentido? ¿O la búsqueda misma es el sentido de la vida? Otra pregunta sería si el suicidio es válido o válida al ser humano. No sé. Aún no quiero saberlo, después de todo, todos necesitamos de quien morirnos.
No sé del amor, pero he leído de el, no sé del amor pero he escrito su contenido como una forma de protegerme ante la posibilidad de conocerlo. No sé del amor y es lo que más deseo tras leer mis letras. Ni siquiera pienso en el sexo, no; el sexo no esta bien, en este tiempo es un jamás.
Salgo de la facultad, camino por una calle que me resulta cualquier calle; se de memoria los caminos que me conducen a mis incertidumbres. Un semáforo me alerta del no debes cruzar, la noche resalta el verde, el rojo y el amarillo del no se puede. Todo puede lastimarme; es como si una alimaña estuviese carcomiendo lentamente mi alma, un alma que busca. Algo ya de joven me inquietaba; la sensación de estar sabiendo que no estaba. Ese no encontrarme me sabia hallado.
Sigo esperando que el semáforo corte su prohibición. Solo basto levantar la mirada y encontrarme con la de él, cruzarme con su reflejo, encontrarme con un espejo de calma, seguridad y una sensación de bienestar apoderándose de mí yo cercado. Sus ojos me miran y los míos bajan hacia la vereda; he perdido territorio, se adueño de mí.
Cruzo rápidamente la calle, no quiero mirar atrás, no quiero detenerme. Vuelvo a sentir que mi pensamiento es hermético hasta el punto de inventarse por sí mismo, sé que hay veces que ni yo lo entiendo. Quiero dejar de pensar para poder sentir.
Escucho el eco de sus pasos, tras los míos. Se apodera de mí el miedo, un miedo casi agónico porque su intensidad va aumentando y disminuyendo hasta acabar cuando veo la parada del colectivo. Me detengo con la esperanza de que siga de largo, desaparezca en la noche, como un soplido, como apareció en esa esquina y nuestros ojos se perdieron en nuestras miradas.
Se detiene detrás de mí, enciendo el vicio del vacío: prendo un cigarrillo.

- ¿Me convidas fuego? –me dice él.
- No tengo. – contesto yo-
- Pero… acabas de prender un cigarrillo.
- ¿Yo? … ah sí! Perdóname estoy distraído. Toma.

Me pregunté, casi instantáneamente, si más idiota no podía ser; yo, claro.

- ¿Para dónde vas? – siguió diciéndome el hombre al que yo le daba la espalda.
- ¿Quién? – respondí resaltando mi idiotez
- Vos, me parece que los únicos que estamos acá somos nosotros dos.
- Tenes razón, estoy nervioso. Me puse nervioso porque me seguiste, no sé quién sos ni que buscas. – le dije mientras me daba cuenta que más patético no pude haber sido porque no me daba el tiempo.
- Bueno quédate tranquilo que en realidad seguirte no te seguí. Esto es una casualidad, yo tomo el 132 para ir a mi departamento y vos viniste también a tomarlo o vicerseversa. Pero si te incómodo me voy, tómalo vos tranquilo y yo espero el otro, ¿te parece?
- Si… no, no, no me parece. Discúlpame, todo bien podes quedarte.- le respondo mientras el esboza una sonrisa que nunca le pregunte el significado, me basto con ver su boca repleta de ternura, su mirada acaparadora de toda la quietud y su voz abrazándome en cada palabra.

No hablamos y el silencio se torno duda. Me doy vuelta, lo miro y le digo:

- ¿Qué raro que no venga el colectivo? –
- Es verdad, demora demasiado y con este frío no esta para esperar mucho acá parados. - me contesta, viendo una posibilidad.

Imagino su mano deteniendo un taxi y viéndolo partir para siempre. Sigo perdiendo terreno, siento la posibilidad de perderlo y no hallarlo más en esta ciudad que te da y no te prepara para cuando te quita. Me desespero; quiero hablarle, quiero escucharlo, que me hable, que me escuche. Siento que me voy a tirar a una pileta de diez metros de profundidad pero vacía, y no me importa.

- ¿Tomamos un café? - me animo, mientras una catarata de colores y sensaciones atraviesan mi cara y mi cuerpo.
- Bueno, pensé que nunca lo ibas a decir. – me respondió.

Entramos a un bar cercano. Poca gente en el lugar, un enorme reloj de madera señalaba las veintitrés horas. Nos sentamos en una mesa de madera que tiene varios cuadrados contenedores de distintas semillas. Un vidrio la cubre, la transparencia germinando. Pido una gaseosa con un tostado y él un capuchino. Viene de cenar con amigos. Yo de la facultad. Tiene diez años más que yo, es licenciado en informática y se llama Gustavo. Le digo que tengo diez años menos que él, que estudio letras y que me llamo Sergio. Se ríe. Nos reímos. Ninguno habla de lo que tiene que hablar. Amo el silencio, aunque a veces me atemoriza.
Hay muchas mesas y solo tres ocupadas. Un hombre y una mujer se miran sin hablarse y parecen, ahí, decirse todo. El mozo mira el panorama sin asombro alguno. ¿Nadie percibe la belleza de las cosas si no son evidentes? En la otra mesa dos jóvenes se ríen a carcajadas, dos jóvenes hombres, parecen amigos que hace mucho no se ven. Todo parece estar en su lugar.
Nos contamos nuestras vidas. Me resulta placentero contarle mi vida y saber la de él. Por lo menos me resultaba placentero en ese tiempo. Después entendí que ese desnudarse frente al otro tendría que ser lo no necesario. ¿A quién le interesa lo pasado si quiere vivir un futuro? Tendría que establecerse una regla; decirse los nombres, las edades, prontuario penal (si existe) y nada más, todo lo otro es accesorio e innecesario.
En ningún momento me habla de su trabajo, al enterarse de mis estudios y mi pasión: la escritura; vuelca la conversación hacia eso. Desfilan por su boca escritores, poetas, frases que quedaron en su memoria, poemas que estaban en mis olvidos. Habla, habla, mientras me embeleza con su discurso. Siempre me enamore de las palabras, nunca de los sexos.
No es lindo, pero siento tener frente a mí a la persona más bella del mundo, a un señor de la palabra, a un hombre con mayúsculas.
En la mesa se acumulan tacitas de café, cigarrillos, humo y anécdotas. Siento haber vivido esto pero hacia delante. Mi experiencia en el amor no existe. Tampoco se si esto será amor, pero quiero creer que sí.
Hasta aquí nadie hablaba de lo que tenía que hablar: ¿Había qué hablar de algo? En lo personal me gusta el origen de las cosas y quería saber como había llegado ahí, como estaba un viernes a la noche sentado en un café cualquiera con alguien que no conocía.
Me pregunta si tengo novia, me confunde y me perturba. ¿Le miento que sí?, ¿le digo qué no?, ¿qué carajo me pregunta?

- No, no tengo – respondo y miro a la pareja de jóvenes hombres.
- Yo tampoco – me dice mientras aclara – me gustan los hombres, me gustas vos.
- ¿Yo? – bebo café, mis manos transpiran, mis nervios comienzan a jugarme una mala pasada.
- Sí vos. – dice con una seguridad imperturbable.
- Vos también me gustas, pero yo nunca tuve relaciones con hombres. Bueno con mujeres tampoco. Nosemegustanloshombrespero…. Buenovosmegustas, peroen realidad… en realidadloquetequierodecires…
- Para, para quédate tranquilo, no digas nada. Tranquilo. – me dice –
- Ok

No digo nada, me acuna el silencio y siento paz; caigo en una mansedumbre saludable. Él cambia de tema y me da seguridad. Pedimos otro café y seguimos hablando de cualquier cosa, como antes de todo.
No quiero que este momento termine nunca, simplemente no quiero. El enorme reloj me vuelve a la realidad, es la seis de la mañana. No lo puedo creer, mi familia estará en estado de crisis; mi madre habrá llamado a la Guardia Nacional, Mercedes estará recorriendo las comisarías, mí padre estará durmiendo, los vecinos recorriendo las esquinas viendo si me encuentran drogado en alguna. Caos, caos total y yo aquí, sentado en un bar cualquiera, hablando con alguien que no conocía. Con alguien que amaría por mucho tiempo.

- Me tengo que ir, en mí casa me matan – le digo levantándome de la mesa.
- Es verdad, ¡que tarde se hizo! – me responde mientras llama al mozo y pide la cuenta.

Caminamos hasta la parada del colectivo, donde quizás estuvo el origen. Subimos al 132, seguimos charlando como si nunca lo hubiésemos hecho. Acordamos vernos dentro de dos días para ir al cine. Me gusta, siento que le gusto.
Él se baja primero, desde la esquina ve pasar el colectivo, me busca dentro de el y me saluda. Saco del bolsillo el papelito que me dio antes de bajar, no sé en que momento escribió: Llámame mañana, la pase muy bien con vos. Gustavo.
- Te voy a llamar – pienso- lo voy a llamar.
Sonrío, todo me resulta más leve. El colectivo va casi vacío. Una señora mayor en el primer asiento. Un grupo de obreros por el medio y yo detrás de todo.
Vuelvo a sonreír; creo que termino la cruel búsqueda, llego el hallazgo que pedía a gritos, en el que sumergía mi identidad hasta el ahogo. Mi cuerpo era un envase irresponsable; estaba atado. Deja de ser el amor ese ave de incógnito paso dejando una polvareda de errores. Todo apareció en ese café: el amor, el miedo, el orgullo, el no saber, la terminación de la búsqueda, la duda, el no sé, el por qué no, el futuro reflejado en ese hoy. Yo, en definitiva yo.
Bajo del colectivo, atravieso corriendo el Parque Rivadavia. Como era de suponer; Mercedes estaba en la puerta del edificio esperando seguramente una ambulancia trasladando mi cadáver. Ella es más trágica que yo, genética pura:

- ¿Dónde mierda te metiste Sergio!? ¡Mamá esta con una crisis de nervios!
- Fui a tomar algo con los chicos de la facultad. - le dije –
- ¿Con los chicos de la Facu? ¡Es casi las siete de la mañana! Podrías haber avisado! –me dice sacada de quicio- pensé que te había pasado algo!
- Merce tranquila, no pasa nada…
- Subamos antes que mama se descomponga.

En el ascensor me mira y sonríe con la ternura de siempre.

- Dale, antes que entremos, décime dónde estuviste,¿la pusiste?
- ¡Mercedes! ¡No seas ordinaria! Te dije que salí con los chicos de la fac..,
- ¿Con los chicos?, mira vos, inventa otra cosa para mamá porque los “chicos de la facu” te estuvieron llamando hasta medianoche bebe.
- ¡Sos tan turra y chusma! Bueno conocí a alguien.
- ¿De verdad? ¡Contame todo dale!
- No. Después te cuento.
- ¿Es lindo? ¿Esta fuerte? ¿Cómo es? , ¿tuvieron sexo? Dale dale dale…
- ¡Termínala! Basta, no sé si es lindo. Me resulto especial …
- Contame turrito o le digo a mamá que te la comes ja-ja-ja-ja-ja –me dice sarcásticamente.
- Y yo le digo que vos sos lesbiana y drogadicta, aunque sea mentira, y sabes que a mí me cree y a vos no. ¿Ok?
- ¡Puto malo! Ja-ja-ja-ja ¡Cómo te amo hermano!.
- Y yo a vos.

Siguió el sermón de mi madre, que no escuche en lo absoluto, aunque le reconocí y pedí disculpas por no haber avisado.
Me acuesto con la sensación de haber empezado algo por mí y para mí. Mi cuerpo se desvanece en la cama y comienzo a soñarlo.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

LA SEÑORITA YO - Cap 3 - Manuel




Lo anónimo; el rescate de mí o la pérdida de mí, nada, sólo un encuentro. Su voz sonó en el portero eléctrico, casi silenciosa, ausente:

- ¿Quién es?
- ¿Manuel?, soy Sergio – dije.
- ¡Ah! dame un segundo ya bajo.
- Te espero.

Siento el ruido de los autos, el murmullo de las personas. Los segundos que tarda en bajar son horas, son espanto, confusión. La pequeña voz de mí hermana Mercedes hablándome, diciéndome al oído: - relájate. La voz dulce de mi madre diciéndome: - Mientras te sientas bien, y no hagas mal a nadie… No me siento ni mal, ni bien, siento no estar, siento no saber que hacer; irme, quedarme, correr, llorar; los verbos se conjugan en presente. Yo no sé si estoy. Sólo una nube de niebla rodea mis horas y deseo, profundamente, vislumbrar la luz.

- Hola loco, ¿cómo estas? – me dice una voz que anuncia su presencia.
- Hola Manuel, bien todo bien. Al fin nos conocemos. – respondo.
- ¡Qué lindo que sos! – dice mientras sonríe y me mira de arriba a abajo.
- Gracias. Vos también – doy como respuesta. Esas respuestas cómodas e idiotas.
- Pasa, dale.

Manuel es más alto que yo, debe tener mi edad. El cuerpo, visiblemente trabajado, aparece por debajo de una musculosa y unas bermudas largos y blancos que parecen alargarlo aun más.
Entramos a su departamento; todo parece estar en calma y en su lugar; como encerrado en una cáscara invisible. Mientras me invita a sentarme en el sillón, y me ofrece algo para beber, pone música. Aún no me doy cuenta quién es.

- ¡Más lindo no podes ser! ¿no? – dice mientras sonríe y se sienta cerca de mí- ¡qué ojos tenes ! -

Como lo recurrente en este mundo de idénticas sexualidades; ¡qué lindos ojos!, ¡qué buen culo!, son las dos frases más escuchadas, más idiotas y mentirosas. ¿A quién le importa la forma o color de los ojos, cuándo ni siquiera saben lo que esos ojos miran o anticipan? ¿A quién le importa un buen culo si no esta preparado para la entrega o si ese culo es poseedor de kilómetros de pijas ? Un buen culo en cualquier ambiente es sinónimo de penetración, en el gay, se potencia. Una loca se desespera por un buen culo, no importa quien lo sostenga; sea un rinoceronte o un monstruo milenario, solo importa un buen culo.
Bien, yo sabía que era dueño de un buen culo, de un excelente culo. Yo sabía que tenía una buena altura, una mejor cara y un buen cuerpo. Yo lo sabia, solo que nunca sostuve eso como estandarte. Nunca use eso para decir aquí estoy.
Con los hombres siempre me paso, y a veces hoy me pasa, dos cosas, me rectifico; a los hombres siempre les pasaron dos cosas conmigo. Si sólo me miraban e intercambiábamos dos palabras querían acostarse conmigo. Si me miraban y también buscaban el dialogo tranquilo, divertido e inteligente, además de acostarse querían volver a verme, querían ser mis novios, mis parejas. Querían casarse, vivir juntos, presentarme a sus familias, tener hijos, viajar por el mundo, escribir un libro y plantar un árbol. Me agotaba. Me agotaban.
Recuerdo a un fotógrafo con el cual no tuve ni siquiera sexo. Luego de la primera sesión fotográfica me dijo que yo me comía la cámara, que había traspasado la lente, que había llegado a su alma. Yo sin entender la dialéctica de su arte, pensé que, efectivamente, la marihuana era un excelente estimulante.
A la semana, el fotógrafo, me envía un pasaje a Roma para que lo acompañe a una exposición en ese país. El pasaje estaba acompañado por un teléfono, sí; un aparato telefónico con la leyenda: LLAMAME. Creo que esa era su insoportable levedad de ser.
Casi ni nos conocíamos y se imaginaba viajando a Roma conmigo, (en realidad si el destino hubiera sido París, posiblemente aceptaba. París es un lugar en el que me gustaría morir). Por supuesto que no acepte, creo que todo tiene su precio pero algunos no estamos en venta. El viaje era en un mes. Durante veintinueve días recibí en forma permanente docenas de rosas. El portero de Agüero y Paraguay se hartaba de subírmelas. Yo las recibía violeta de la vergüenza. Mi cuarto era una cámara funeraria con un muerto permanente; las rosas colgaban hasta en el techo y los chicos con los que compartía el enorme departamento se descomponían de la risa todos los días.
Cuando nos encontramos en un café para hablar y decirle que no me mande más flores, que definitivamente no viajaría con él a Roma, que yo no quería tener nada con él, sólo escuche quince minutos de palabrerío barato y algún sutil insulto, si el insulto puede ser sutil, claro. Me pregunto: ¿por qué los gays no aceptan un no como respuesta? ¿Nos sentimos acaso el centro del mundo? Si.

- ¿Queres que tomemos algo acá o vamos a Plaza Serrano? – me dice Manuel – esbozando un sonrisa.
- Vamos a la Plaza – le respondo tratando de salir del departamento.

Si, quiero salir, caminar un poco con él, distenderme en la mesa de un bar, relajarme.
Salimos a la calle, hace calor, mucho. Yo también llevo musculosa y unos pantalones muy amplios y frescos, pero parece que nada ayuda. Caminamos por Charcas hasta Scalabrini Ortiz y nos metemos por esas callecitas de un Palermo transformado en snobismo. Adolescentes caminando sin ganas, ancianas pidiéndole permiso a una pierna para mover la otra, modelitos de segunda que caminan llevándose el mundo por delante, sin entender que el mundo ya se las llevo puestas. Un zoológico, un circo, un metáfora de un hoy que no recuerda un ayer.
Elegimos un bar tranquilo que da justo a la plaza, nos sentamos en una mesa que esta sola en el balcón. Comienza a atardecer y parece bendecirnos una suave brisa que hacia tiempo no sentía.
Nuestras vidas empiezan a salir de nosotros, nos contamos todo. Nos reímos mucho de anécdotas suyas y cuentos míos. Nos miramos mucho y creo que en algún momento nos deseamos mucho.
Miro el reloj y ya hacia cinco horas que estábamos ahí. Era muy tarde. Decidimos irnos. Volvemos caminando haciendo casi el mismo recorrido. Lo acompaño hasta su casa. Todo el camino riendo y charlando. Por momentos me abraza y me dejo abrazar, me toma de los hombros y me siento flotar. ¿Sólo un poco de atención puede mover un sentimiento? ¿Tan regalado soy? En el camino suena su celular; es su pareja preguntándole dónde esta.
Antes de vernos, esa primera vez, sabíamos que cada uno tenía pareja. El no convivía, yo sí. Supuestamente él no lo amaba, yo estaba dejando de amar. Al menos había una verdad de nuestra parte.
Llegamos a la puerta del edificio y me pregunta si quiero subir a tomar algo. Agradeciéndole respondo que no, que otro día. Busca mi boca para el beso y se encuentra con mi mejilla (hasta aquí yo no había roto mis estructuras emocionales).
Paro un taxi. Nos despedimos.

- Llámame mañana por favor – me dice Manuel.
- Si claro, mañana te llamo y nos vemos.

Vuelvo a mi realidad. Mentira, pienso en Manuel, me gustó, me sedujo todo el tiempo, es como una pantera encerrada en un diamante; dispuesto para salir a atacar pero a no dejar la belleza.
Suena mi celular, es un mensaje de texto de Manuel: me gustaste mucho, quiero verte de nuevo. Mañana llámame y hacemos algo.
No le respondo. No quiero hacer nada, entraría en un juego peligroso y arriesgado.
La oscuridad del departamento que comparto con Gonzalo me gusta, todo esta en silencio y en calma. Mientras lleno la bañera busco un libro en la biblioteca. Otro mensaje de Manuel: ¿recibiste mi mensaje?, ¿qué te parece si mañana vamos a navegar?
Me desnudo, tiro la ropa en el piso del cuarto y voy al baño.
El agua me relaja, sumerjo todo mi cuerpo en la bañera. Vuelvo a la superficie, respiro pausadamente. Cierro los ojos. Oscuridad.
Termino con mi acuática inmersión, me seco y voy al cuarto. La cama es grande, se ve más grande aún por la ausencia de Gonzalo que estará hablando idioteces con sus amigos holandeses. Me acuesto, estoy muy cansado.
Antes que el sueño gane la batalla, tomo el celular y le respondo a Manuel: ¿a que hora te paso a buscar?

Marea: y la fuerza de la innovación




Los vaivenes que la Luna y el Sol ejercen gravitacionalmente sobre el nivel mar son los hechos que producen las Mareas. Variaciones de alta, de baja, de catástrofes, de reposos. Posiblemente esa sea la definición exacta para describir el proyecto periodístico-editor de MAREA EDITORIAL; proyecto que fluctúa entre la investigación histórica, política y de cultura general, sin dejar de lado estupendas novelas de reconocidos escritores argentinos.

En sus cinco años en el mercado, MAREA EDITORIAL, ha encontrado un reconocido y merecido lugar en un público que sigue mes a mes cada exitoso lanzamiento de sus libros.

Con cuatro colecciones bien definidas; Vox Populi, Náufragos Pasado imperfecto y una impecable colección de bolsillo, MAREA aborda géneros como la investigación periodística, el relato histórico, el ensayo y la narrativa.
La impecable edición cada libro, al cuidado de Constanza Brunet; Directora Editorial, se convierte en una herramienta necesaria para entender, desde otra visión, la realidad argentina en palabras de los mejores periodistas, escritores y profesionales de distintos ámbitos culturales.

Hernán Brienza, Osvaldo Bazán, Miguel Wiñazki, Diana Wang, Daniel Balmaceda, Rudy, Mario Markic, Mariano Thieberger, Pablo Abiad, Gonzalo Sánchez, Leandro Pinkler, Carlos “Calica” Ferrer, Malele Penchansky, Leandro Zanoni, Gustavo Sierra, Sergio Kiernan, Esteban Peicovich, Andrew Graham-Yooll, Liliana Caruso, Florencia Etcheves, Mauro Szeta y Patricia Suárez, son sólo algunos de los guerreros de la palabra que integran las filas de MAREA.

Con Marea alta o baja, esta editorial genera, gracias al virtuosismo de sus autores, directores y departamento de prensa, grandes tempestades con sus lanzamiento, que desde hace tiempo logran repensar nuestra historia, nuestra gente, nuestra actualidad y nuestro SER argentino.

www.editorialmarea.com.ar

Directora Editorial: Constanza Brunet
cbrunet@editorialmarea.com.ar

Prensa: Cecilia Fernández Moores
ceciliafm@editorialmarea.com.ar