domingo, 11 de enero de 2009

Taller Literario


Desde el origen de la Poesía al lugar de la novela


En Mayo nuevos Talleres literarios. Clases grupales e individuales

Algunos temas que desarrollamos: YO escritor: el autoconocimiento: deseo mas voluntad/La confianza y el miedo/Teoria de la esperanza. Introductoria: ¿QUE ES UN AUTOR? Qué es la literatura, su finalidad y expresión./ La poesía: Sus orígenes./Naturaleza, forma tipos y tradición poética./Arte Poético. Reflexión sobre el arte propio. Verso libre y métrica. El origen oral del poema. Condiciones de la escritura. Énfasis, voz, estilo. Formas breves. Haikus. Senryu /Tanka./ Sijo Coreano. Ghazal. Pantan.Narrativa: intro al cuento. Estructura. Desarrollo. Poesía + Cuento: la idealización de la forma. Quién cuenta un cuento?/Definición/ Narradores/La reglas del juego./Importa el titulo?/Guía para la escritura de un cuento./La construcción de un personaje/Los diálogos./Narrar? Describir? Mostrarse?/Micro-cuento. Actitudes del escritor. Figuras literarias: retóricas: patéticas-lógicas-descriptivas-oblicuas./de dicción: añadir-suprimir-repetir-combinar./Tropos: Metonimia-Sinécdoque-metáfora. La Novela: Introducción. La novela universal.Clases de novela La estructura. El tema. Los personajes. El argumento. Cierre.

Más Información: Ricardo Z.
E-mail: elhabitodeescribir@yahoo.com.ar

sábado, 10 de enero de 2009

LA SEÑORITA YO -Cap 11 - Paréntesis



Manuel siempre fue el típico gay, aún antes de darse cuenta que lo era, supongo. Nunca dijo la verdad en su totalidad, bueno después de todo, todos mentimos un poco.
En el ambiente gay casi todos se creen o hacen los millonarios, los “pudientes” diría una amiga mia. Creen que son todos bellos, todopoderosos e inmortales: que una “loca” acepte el paso del tiempo como algo natural, sería el titular de los principales diarios del mundo. Ni hablar de los problemas, ninguna gay tiene problemas y la mayoría se siente orgulloso de su condición sexual y no de su ser persona. La no asumida, en cambio, va a terapia psicológica y a la salida, chupa pijas en el baño con la misma boca que más tarde besará a su mujer. Por supuesto que también están los gays solos, que dicen ser felices así; su discurso, siempre distorsionado e incoherente, dice que estar con alguien significa, para ellos, estar condicionados a esa persona. Etc. Etc. Etc. Etc. Etc. Etc. Etc. Y la lista sigue y es larga.
Si entras a una línea telefónica o un chat gay y alguien te dice que es maduro, hay que pensar que esta en una franja de edad que va desde los 60 a los 70 años. Si te dice que es versátil, llegara hasta vos y se pondrá en cuatro patas para que le taladres la cola, ese es pasiva cantada. También están las que te dicen morrudas, bueno imagínate ver en ellos un avistaje de ballenas. Y esto sigue, sigue…
La mentira es como un lugar común en al ambiente gay. Con el tiempo uno se va dando cuenta que no debe creer, al menos de noche, al menos en un boliche, al menos después de la cinco de la mañana, ninguna palabra dicha por una “loca”. A esa hora, con una copas de más y el pescado sin vender, lo gays, alzados, calientes cual horno de panadería, agotaran los adjetivos calificativos (bellos por cierto) para tratar de levantarse al primer macho que se les cruce; mientras tenga una verga y respire, todo funcionara bien.
Odio la mentira, odio la falsedad, detesto esa declaración falsa que tendrá como único objetivo hacerte preso de algo que no existe; el otro. Ya lo sé; a la noche todos los gatos son pardos, pero bueno de ahí a acostarte con Gotzila hay un largo trecho. La falta de verdad, la carencia de lo autentico siempre es constante. Con el tiempo vas aprendiendo.
Cuando comencé a salir, no tan joven por cierto, luego de terminar mi primera relación de pareja (escribo esto y me siento una especie de Liz Taylor), conocí todos los lugares gay de Buenos Aires, absolutamente todos. Yo era joven, demasiado, y por lo que dicen lindo, atractivo y simpático; condiciones necesarias para que se te abran las puertas del mundo. Y yo me abría y como me abría, solo me importaban las aperturas, sexuales, claro.
En esos años, en los cuales recorrí la noche, nunca pague entrada a ningún lugar gay, ni hice la cola para entrar en ellos (suena sexual pero no lo és). Pocas veces pague un trago, siempre me invitaban los dueños del lugar u otros hombres que se calentaban conmigo. No lo digo para vanagloriarme de nada sino para dimensionar un poco como era en aquel entonces el ambiente gay. Los años noventa fueron gloriosos; los vínculos con los otros aparecían naturalmente, espontáneos, sin artificios, sin imposiciones. Eran como devoluciones en miradas. Recuerdo que con un amigo llegábamos a Avenida Santa Fe y Pueyrredón para encontrarnos con conocidos y caminábamos hasta Callao. Esas pocas cuadras significaban, para nosotros dos, casi una hora y media de recorrido ya que nos paraban todos los tarjeteros de los boliches incitándonos a ir a los lugares que representaban. Nos daban entradas gratis, tragos gratis, nos daban interesantes charlas de cómo serian nuestras vidas si estábamos de novio con ellos. Nosotros reíamos y creíamos ser dos Adonis en un poblado azteca. Claro que en aquella época los tarjeteros eran divinos uno veía en ellos lo que se iba a encontrar en el boliche y era así. Los mejores eran los del templo de la movida gay de la calle Anchorena, verdaderas bellezas, como la gente que iba allí. También eran más selectivos; no todos recibían la entrada gratis. Eso también sigue siendo una constante; los gays eternos luchadores contra la discriminación, son los primeros en discriminar. Siempre parecieron nuclearse, detesto los ghetos, las feas van a un boliche por el centro, ahí encontrar una dentadura completa es un hito histórico, en el Sótano de Barrio Norte el ambiente cambia; son todos hombres mayores. Además de los gerentes el Sotana esta habitado por trabajadores sexuales y pendejos desesperados buscando un padre. Todo desconcentrado y todo ausente a la vez.
Ghetos, ghetos, cosas fragmentadas, adversidades. Búsqueda de la sin razón, del tiempo que no tiene tiempo porque todo parece ser apuro, todo urgencias. Si, los gays somos urgentes; todo tiene que ser ya, ahora, en este instante, el minuto a minuto de la televisión parece ser otro tópico. Todo ahora, el tipo que me sonríe es una posibilidad, el que me besa, un amor, el que me coje, lo inmediato. Todo ahora. Todos ahora.
En este ahora, y en aquel entonces, ninguna loca es pobre ni lo es ahora. Todas son viajadas, todas conocen New York; escribir Nueva York haría desmayar a más de una. Lo que no cuentan es que estuvieron cinco años comiendo arroz blanco para el deseado viaje. Cinco años secas de vientre por conocer las bondades de la Gran Manzana. Apariencias, todas apariencias y estructuras. ¿Para que mencionar la moda? Basta que salga alguna indumentaria nueva para que todas corran despavoridas a los locales que las venden a agotar en segundos los stocks, y los fines de semana vas al boliche y te sentís pertenecer a un colegio privado: todas uniformadas, todas igualitas. Originalidad cero. Punto cero. Nihilismo.
En mi paso por la noche conocí gente de mucho dinero y encantadora por cierto. Recuerdo que con mi amigo, ese con el que tardábamos horas en caminar unas pocas cuadras, un día en el reducto para la tercera edad se nos acerco un hombre, bueno mejor dicho un caballero. Simpático, entrado, correcto en todo el sentido de la palabra. Tendría unos sesenta años , era alto, de ojos azules y pelo canoso. Nosotros reíamos, y él se acoplo a nuestra alegría. Charlamos casi toda la noche, sobre todo cuando le confirmamos que no éramos trabajadores sexuales, (era algo que nos pasaba con frecuencia a mí amigo y a mí; antes de preguntarnos el nombre nos preguntaban cuanto cobrábamos. La verdad hoy estaría mejor económicamente si me hubiese dejado llevar por esas pequeñas tentaciones) ahí se distendió y pidió la primer botella de champagne (fueron tres en total). Alrededor de las seis de la mañana nos pregunta si queremos desayunar con él. Nosotros aceptamos, éramos extremadamente sociables o fáciles, en el lenguaje gay. No sabíamos quién era, tampoco nos interesaba saberlo. Llegamos al pie de la escalera y desde su celular hace una llamada. Subimos y vemos como, en la puerta del Sótano, un espectacular Mercedez Benz nos esta esperando con su respectivo chofer; ¿podía ser de otra manera?. Mi amigo me mira y dice ¡Subamos Nena!. Y…subimos.
Fuimos a un señorial hotel del Barrio de Retiro, al costado de la autopista . Cuando entramos al lobby del hotel decenas de personas que terminaban de celebrar un casamiento se dan vuelta para mirar a ese hombre mayor, con lo que habrán pensado, terribles dos gatos. Él, dándose por aludido, nos dice – volvamos a entrar para que nos vean mejor. Nosotros reímos y acatamos la divertida orden. Terminamos en su triplex de Avenida del Libertador. Fotos con presidentes del mundo, con su “Santidad” y otras tantas personalidades, adornaban un hogar enorme y acogedor. En la terraza una pileta con hidromasaje y todo el Río de la Plata como postal.
Charlamos largas horas, y cuando el sueño nos fue venciendo, ese caballero, con apellido de una de la grandes fortunas del país, dueño de un conglomerado de empresas multinacionales, ordeno a su chofer que nos lleve a nuestros domicilios. Hablamos un par de veces más, pero nunca más volvimos a verlo.
También fue exótico, y por demás erótico, que por un trabajo que realice, y sin querer provocar nada, termine en una intensa jornada sexual con uno de los mejores futbolistas del mundo; mulato él, que, terminado el empate por penales, me regalo una cigarrera de plata y tres mil dólares. Lo de los dólares fue un plus pos-orgásmico; me hizo sentir una prostituta, y me gusto. Y el otro personaje internacional, cantante, digno representante del tequila, supo ser mí dueño en otro hotel, por un instante claro, y tan buen amante no fue. De los famosos locales, pasaron algunos, pero prefiero olvidarlos, son más objetos que personas.
Otro personaje divertido que conocí fue Emmanuel alias el Conde, una mariquita extravagante que organizaba fiestas en su casa de San Isidro, sólo para no sentirse “solo”. Ahí si iba gente de dinero, como él, no como yo, que simplemente le caí simpático al Conde y cada vez que organizaba algo me llamaba. El Conde era,o es; la verdad hace mucho que no sé nada de él, algo así Golum, el personaje del Señor de los Anillos. Era horrible, rozando el limite con el espanto. Tenía mucho dinero y lo sabia. Sabia que cada hombre que se le acercaba amorosamente no era por él, sino por sus billetes. Buena gente el conde, buena gente.
En sus fiestas pasaba lo mismo que en cualquier boliche, pero todo era más selecto; todos se creían dioses, me gustaba compararlos con los hipocampos; se creían potros y eran pescados. ¿Qué feo no reconocer que uno, digámoslo diplomáticamente; es visualmente inaceptable no?. Uno puede vestirse bien, arreglarse, que se yo hasta… , no sé , un botox aquí un poco de colágeno allá… pero de ahí a ser un monstruo y creerse Narciso hay un largo camino. No pero las mariquitas , como rezan “antes muerta que sencilla”, se ponen todo encima, aunque les quede como el culo, total se usa y salen al ruedo, “si pica, pica”
Ni hablar de las musculocas; reprimidos patovicas que organizan sus vidas en el ejercicio del músculo y sobredosis de anabólicos, y después de los cuarenta son como panes dulces que se olvidaron de levar. Caídas, andan llevando a rastras huellas de cuerpos deformes, labios hinchados y pómulos forunculosos a punto de explotar. Horror. Nunca se sacan la musculosa, la llevan adherida al cuerpo y los jeans dejan de ser jeans para ser calzas.
Sí, el ambiente gay es una gran circo y en definitiva también pertenezco a el, uno no deja de ser un triste animal de costumbre, un león carcomido a latigazos antes de cruzar, por última vez el aro de fuego.

jueves, 8 de enero de 2009

LA SEÑORITA YO - Cap 10 - El primero es el tercero


Hace unas cuantas semanas que Manuel tiene un cambio de actitud; esta tranquilo casi sosegado, diría que demasiado. Lo miro con ternura mientras el duerme y Paula acompaña mis desatinos literarios. Lo miro, y creo que lo amo, al menos eso pienso, pero pensarlo también es no sentirlo. Inmediatamente me pregunto que amo de él y no encuentro respuesta. Decido no preguntarme más; no me sirve pensar tanto en esto: ¿Para qué pensar cuando no hay eco?
Un mensaje de Gonzalo llega a mi celular; me quiere ver. Contesto que no puedo, que viajo al otro día y no llego a terminar todo lo que tengo que hacer. Se enoja, es su problema. Juntarme con él será algo así como perder el tiempo en lo intrascendente, en la nada. Lo quiero, claro que lo quiero, pero necesito estar vacío de mí para poder estar con él.
Sigo escribiendo, sobre esas personas, sobre esa esquina. Pienso que una esquina puede ser todo un universo, un estar, una realidad diaria para muchas personas. Pienso que una flor en un muro, no tiene más que ese muro y los ojos atentos de la quien la observa. Esa flor es todo en el muro, y el muro todo para la flor.
Manuel se despierta y proponer ir a cenar a algún lugar lindo. Acepto.
Confieso que salir a comer es uno de nuestros programas favoritos; siempre la pasamos bien, nos divertimos y reímos mucho, algo constante en nosotros. Son como ínfimos momentos de felicidad o lo más cercano a ella. Claro que su mente siempre prepara el terreno para todo; me hace recordar a un personaje femenino de una novela que nunca me acuerdo su nombre; bien, ella era incapaz de disfrutar el momento, siempre estaba pensando el próximo movimiento.
Salimos del restaurante y propone caminar un rato. Aclaro: detesta caminar. Caminamos y reímos; me pregunta como estoy y contesto que bien. Seguimos caminando, ahora bajo un silencio que anuncia tempestades.

- ¿Pensaste en lo qué hablamos? – me dice sonriendo
- ¿En qué? hablamos tantas cosas. ¿En lo de alquilar otro departamento? – repregunto.
- No, en lo de tener una cama de tres. – dice –
- La verdad que no. ¿Vos queres hacerlo?
- Y… si.
- Hagámoslo – le contesto seguro –

Formas del amor, de la aceptación, de la idiotez, formas de la nada y el vacío. Caminamos nuevamente por Callao.

- ¿Cómo hacemos? – le pregunto-
- No sé… que sé yo… ¿vamos a un sauna?
- ¿Cómo a un sauna?, ¿a un sauna, a coger con otro? Bueno ¿dónde hay uno?
- Acá a la vuelta. –me responde –

Nada preparado, la cena, las ganas de pasarla bien conmigo, la caminata cuando no hay ganas de caminar. Todo armado; las ganas de otros cuerpos, del revolcón, del sexo Express, del sauna, de olvidarnos de nosotros porque no nos bastamos con nosotros mismos. Y es verdad ¿que tiene que ver el sexo con el amor?
Vuelvo a pensar en los celos, ese sentimiento que puede resultar peligroso, esta vez reconociéndome; siento ser apasionado, ansioso, un poco sadomasoquista y neurótico, y debo ser de proyectar mis propias tendencias a la infidelidad. Sí, me doy cuenta que tengo celos delirantes por sentirme abandonado, menospreciado y burlado, por eso lo ataco. Será el miedo a separarnos, no sé por qué. Mi vida sentimental es un no sé por qué. Siento que mí equilibrio emocional y bienestar psicológico se ven amenazado. Siento que lo voy a perjudicar a él. Cuando sentí esto la primera vez viví la situación como una tortura, incluso sentí deseos de venganza. En principio me encerré en el silencio hasta el drama y luego me entregue a la experimentación, de todo y de todos. No era cuestión que él viva más que yo.
La puerta de vidrio opalina es imponente, nadie que no lo sepa, pensaría que ahí se debaten grandes contiendas sexuales.
Traspasamos esa puerta y hay otra, vidriada. Tocamos un portero, la puerta se abre. Pagamos la entrada; él pago por la entrega, por el sexo, por el otro. Nos dan unas llaves, ojotas, toallas y nos dicen que no se puede transitar por el lugar vestido; sólo cubiertos por una minúscula toalla blanca. Me rió e imagino la toalla blanca como símbolo de pureza y castidad en un lugar donde la pija simula ser la cruz de un culo que es el santo sepulcro. Nos indican donde cambiarnos, algunos hombres, ya desnudos, salen de ese cuarto. Manuel no deja de mirarme. Con las toallas puestas en nuestra cintura salimos del cuarto en donde dejamos nuestra ropa.
El lugar es muy luminoso, hay una barra donde un mexicano, extremadamente vulgar, traga una hamburguesa gigante mostrando los pocos dientes que le quedan, empujándola con una cerveza. Me mira como mirando una posibilidad, ni siquiera me imagino tocar, por todo el dinero del mundo, esa bola grasienta, oliendo a cebada y destilando mostaza por sus aberturas dentales. Asco, siento asco. Si esto puede llegar a ser una cama de tres, la fantasía de Manuel acababa de morir.


- ¿Qué te pasa? – me dice Manuel mientras nos acomodamos en los taburetes de la barra.
- Nada, ese cerdo que esta ahí no para de mirar y hacer ojitos – contesto ofuscado- ni en pedo hago algo con ese tipo.
- ¡Pero vos estas loco, es un asco! Pidamos algo de tomar y quédate al lado mío, no te vayas, siento mucho pudor de estar acá.
- Pero ¿no querías estar acá? Además ¿adonde voy a ir? ¿Qué queres tomar?
- Tomemos un vinito.

Un vinito, la llave de entrada a su verdadero yo, su descontrol, su dejarse llevar por cualquier cosa que le digan, su ofrecerse. Total era el centro del mundo.
El vinito que allí venden es como un ácido que te carcome lentamente las entrañas, pero es la única bebida espirituosa ofrecida. También hay bebidas colas y mucha pero mucha variedad de bebidas energizantes. Todo tiene que ver con todo supongo, la entrada no es barata y pagar para un polvo e irse no debe ser lo ideal. Estas bebidas deben actuar soberanamente bien para poder seguir una jornada sexual intensa. No sé, supongo. Tomamos unas copas y veo que hay una escalera a la izquierda de la barra. Sugiero subir a ver de qué se trata, que habrá allí arriba.
Cuando nos levantamos, varias miradas nos buscan. Ya lo he dicho, nos veían altos, atractivos, simpáticos y, encima, éramos una pareja.
Pareja en el ambiente gay significa: “descuídate un segundo que lo perdes porque lo quiero yo” o su equivalente “te odio perra por estar con alguien y yo solo”. En cambio si te ven sólo la cosa cambia; te histeriquean más, dan más vueltas, joden y joden. Lo gay, por naturaleza, siempre será lo prohibido; nada mejor que desear al hombre del prójimo, aunque no este a tú alcance. Lo del alcance es relativo; Manuel estaba al alcance de cualquiera que le dijese algo “lindo”, y las locas de eso saben mucho. ¿Será una cuestión de género?, ¿o una cuestión de soledad?. Ningun gay va a asumir en su repútisima y triste vida que estar solo es feo. Los que dicen “yo estoy bien solo, para qué quiero un tipo, ni loca mi amoooor”; mienten, mienten. Todo esto lo dicen y justifican, enrredados sexualmente con el primer tipo que tienen enfrente; desnudándolo, deseando como loca que lo mire y le diga algo, le jure amor, y ahí la cosa cambia. De esa loca olvídate; esas que juraron estar bárbaros solos, cuando se ponen en pareja desaparecen. Se olvidan de amigos, padre, madre, abuela, hermanos, de su historia, sí!!! Esas locas cuando se ponen en pareja parecen olvidarse del pasado: nunca se enamoraron antes, este último es el amor de sus vidas, así no, despacito que me duele (en la primera vez claro) cuando tienen kilómetros de pija adentro, etc, etc,etc. Y los celos, la parte más cansadora, pues estas locas le harán la vida imposible al pobre tipo que tuvo la reverencia de fijarse en ellos. No podrán mirar ni siquiera al perro del vecino pues lo trataran de zoofilico. Miedo a perder todo, como siempre.
Ahí estábamos, los dos, en un lugar donde vale todo y contra todos.
En el primer piso, varias reposeras rodeaban un minúsculo jaccuzi que contenía los cuerpos de cuatro hombres, todos comprimidos. Uno de ellos; un hombre maduro daba vuelta sus ojos sintiendo las manos en su pene del adolescente que lo masturbaba mientras lamía su cuello. Los otros dos tocaban sus miembros viendo la escena de alto contenido gerontológico. Nosotros nos tentamos de risa y decidimos bajar. Caminamos por un ancho pasillo; una puerta de madera conducía al baño seco, enfrentada a ella los baños comunes; con duchas y más adelante el comienzo de la acción.
Una puerta conduce a una sala con televisor donde proyectan pornografía y los hombres se sientan en cómodas reposeras a masturbarse. Pensé rápidamente que, para masturbarme me quedo en mi casa, aunque no soy amigo del onanismo; me gusta tocar y que me toquen, me confiere la posibilidad de darme cuenta que siento al otro en mí.
Otra abertura conduce al laberinto, entramos. Pasillos mas angostos, todos negros, solo se ven las siluetas de los cuerpos y de vez en cuando resplandece la blancura de las toallas puestas en esos cuerpos. Toallas sujetas en las cinturas, de los que tienen cintura, pues me daba la sensación de estar en un lugar donde la gente no tenía formas.
Manuel me toma de la mano y transitamos esos pasillos. Algunos hombres no nos detenemos. Tocar significa, allí, detenerse y hasta ahora nadie merece esa quietud. Dos tipos cuando pasamos por al lado toman mi mano y la apoyan en su sexo; duro, muy duro. Seguimos, dentro de ese laberinto también hay puertas por las cuales se accede a pequeños cuartos con una camilla del tipo “masajista” en donde uno se mete a hacer lo que quiere. Observamos dentro de un cuarto, sobre la camilla, el cuerpo desnudo de una mariquita enceguecida de la calentura. Esta solo, refregándose sobre la camilla, pellizcándose los pezones, metiéndose dedos en el culo, gimiendo…Manuel me dice: - ¡No lo puedo creer, que asco esa loca!, y seguimos. Yo tampoco lo podía creer o sí que sé yo, a la distancia algunas cosas todavía me sorprenden. La loca estaba sola, era más feo que pisar mierda descalzo, se debe haber tirado sobre la camilla para ver si alguien, dentro de tanta oscuridad, y con dos o tres copas de más, se lo cogia. Supongo que al no tener suerte tenía que mostrar, a puertas abiertas, ese espectáculo erótico que no calentaba a nadie. En fin hay cosas que se hacen por amor, otras por soledad, lo del medio no existe.

- ¿Y eso? – me pregunta Manuel cuando salimos del laberinto y vemos otra escalera.
- Y … debe ser otro laberinto – le contesto desde mis supuestos.
- Me da miedo, la gente acá es un asco – exclama.
- Si viniste a tener miedo nos vamos – le digo.
- Bueno subamos y vemos que onda… –responde.

Si, otro laberinto, idéntico al de abajo aunque parece ser que la gente es más interesante. Lo transitamos igual que al otro. Manuel me dice cada cinco minutos que esta muy flaco, que le da vergüenza, que son todos feos, que él se ve feo. Ni lo escucho, ¿para qué?
Lo mismo; algunos nos manosean, seguimos caminando, nos detenemos en un espacio donde todos parecen detenerse, donde todos parecen ver un poco más la cara del otro pues la luz es un bien escaso en los laberintos, casi inexistente. El sexo manifestado en cientos de gemidos, manos extendidas al cuerpo que pasa, las vergas escapandose de las pelvis, los culos ofrecidos com mercancías al mejor pijón, el sexo, siempre el sexo, la gratiuidad, el instante. En ese espacio mínimamente lumínico vemos al único hombre que parece interesarnos a los dos.
Esta apoyado sobre el fondo negro de un lateral, nos mira, lo miramos. Bajo su toalla se ve claramente una protuberancia clamando urgencias. Vuelve a mirarnos, a llamarnos con la mirada. Camina hacia uno de los pasillos del laberinto, lo seguimos. Se detiene en otra pared. Caminamos hacia él, está solo, los tres estamos solos. Me siento totalmente solo; Manuel se acaba de desdibujar en mi mente: no sé quien es.

- Décile algo – le digo a Manuel.
- Me da vergüenza – responde.
- ¡Dale!-insisto.
- Pero ¿por qué no le decís …?
- ¡Dale!

Lo enfrentamos. Lo saludamos. Nos sonríe y respondemos a su sonrisa, casi verdaderamente. Es alto como nosotros, cuerpo atlético, torax bien marcado. Su pelo es entrecano, cosa que me fascina; siempre tuve fascinación por los hombres entrecanos, Richard Gere por ejemplo. No pienso en un anciano, sino en esos hombres hasta cuarenta y cinco años que presentan tonos grises y blancura en su cabeza. Bien; le decimos que somos una pareja. El nos dice que es versátil; si, pasivo-activo, le gusta penetrar y ser penetrado. Parece ser que uno es más o menos macho, más o menos hombre si es activo o pasivo. Absurdos. El dialogo puede desplegarse y no vale la pena, fuimos ahí a coger no a hacer relaciones públicas.

- Si ustedes tienen en claro lo que sienten, hacemos algo – dijo el hombre mirándome fijamente a los ojos.
- Sí. - le respondió Manuel.
- ¿Y vos? – mi dijo sin dejar de mirarme.
- Sí. – le respondí.
- Vengan acá.

No metemos en un cuartito. Andrés, el ilustre desconocido, regula con un botón la casi nula luz. Me siento sobre la camilla, él se acerca abre lentamente mis piernas, se apoya todo en mí y comienza a besarme.
Fuimos al sauna sin decirnos nada sobre lo que nos permitiríamos hacer y sobre lo que no.
Andrés no deja de besarme, de lamerme el cuello, bajar a mis tetillas. Yo lo beso, lo acaricio, rozo sus tetillas y desprendo lentamente la toalla que lo cubre. Su sexo esta a la deriva.
Se incorpora Manuel, con su pene erecto, por detrás de Andrés, lo toma del cuerpo y lo besa. Le apoya la pija dura, apoya todo su cuerpo en la espalda de Andrés y busca mi boca. Me besa profundamente mientras yo no dejo de acariciar a Andrés.
Varios minutos descubriendo los c uerpos con nuestras manos, de besos, de juntar tres lenguas en una sola boca. Seis manos dibujando geografías en tres cuerpos. Parecería ser todo matemático.
Antes de que viviéramos esa situación, pensé que me moriría al ver a Manuel con otro en una escena así; siempre trágico yo. La verdad fue un baldazo de agua fría a mi mente: no sentí nada.
Andrés me besaba mientras Manuel disfrazaba de latex su miembro tieso para penetrarlo. El primer intento lo hace parado, no puede. Suben a la camilla, yo me apoyo contra una pared y conecto mi boca a la de Andrés, Manuel lo intenta otra vez como un perrito y se le rompe el profiláctico. Andrés despega su boca de la mia y me dice: te quiero coger. Bueno –respondo- .
Bajamos los dos de la camilla, Manuel, que ya tiro el profiláctico, se acomoda abierto de piernas, me toma del cuello besándome profundamente. Siento el miembro cubierto de látex de Andrés, apoyándose en mí, jugando a poseerme. Manuel lleva mi cabeza hasta su verga y comienzo a lamerla, a chuparla, a sentir que me pertenece solo a mí, empieza a gemir.
Andrés me toma de la cintura, me lame la espalda, besa a Manuel y no puede penetrarme, va perdiendo la erección. Se saca el profiláctico, lo tira. Mira profundamente a Manuel y le dice: - Hácelo vos, él te ama demasiado. A veces también la visón de los otros puede ser una equivocación, lo erróneo. ¿ Qué lo hizo pensar que yo lo amaba?, ni siquiera nos conocíamos, o ¿fue quizás lo que le trasmitió mi mirada?
Manuel me penetra, sin forro, como hace tiempo. Mi cuerpo se entrego a él, con la confianza de la idiotez, del absurdo. Toda mi vida cuidándome, sexualmente, para entregarme a la persona más infiel del mundo; ¿qué me hizo pensar que si no se cuidaba conmigo si iría a cuidar con los otros, o con los antes de mí ?. Creyéndole todo, siempre, me entregue completamente a él, en lo sexual.
Me coge sin detenerse. Andrés me besa, sin detenerse, mientras se masturba. Manuel gime cada vez más y acaba a los gritos. También acabo, Andrés acaba. Todo acaba.
Nos cubrimos con las toallas, Andrés sugiere que vayamos a bañarnos los tres.
Bajamos, llegamos a las duchas Andrés y yo. Cae el agua caliente, vuelvo a sentir el agua como una caricia que limpia todo; la mugre interna y la externa. Andrés me besa, me dejo besar. Manuel no aparece. Toma el jabón y recorre mi cuerpo, se siente la voz de Manuel llamándome: - ¿Sergio dónde estas?. En la primer ducha – le respondo. Se mete con nosotros.

- ¿Por qué no me esperaste? – me dice.
- Veníamos los tres Manuel, no se donde te quedaste vos. – le respondo.
- ¿No viste quién esta?
- No. – le contesto y me cuenta del famoso cantante que estaba ahí yirándole a cuanto tipo se le cruzase. Me rió y después confirmo que era verdad, ahí andaba la loquita cantante chupando vergas por doquier.

Andrés nos cuenta que es psicólogo, que también tiene pareja, pero que esta de viaje y le contamos un poco de nuestras vidas. En ningún momento, Andrés, deja de mirar directa y fijamente a los ojos.
Terminamos de ducharnos, nos secamos y salimos del baño.
Andrés se sienta en la barra donde antes habíamos bebido Manuel y yo. Nosotros nos vamos al vestidor. En silencio nos vestimos. Termino primero y salgo. Voy a la barra a buscar las tarjetas de control que dan cuando uno entra. Me llama Andrés:

- La pase bárbaro, sos tan lindo.
- Gracias – le digo sin saber que decir.
- Me das tu celular- continua.

Tiemblo pálido, no quiero mirar para atrás, siento que voy a traicionar a Manuel.

- Eh…sí, no se donde te lo anoto – le respondo, sin saber en realidad que hacer y viendo como Andrés le dice al mozo que anote mi celular. El mozo sabe lo que esta pasando, cómplice sin querer.

Le doy un beso y aparece Manuel, nos vamos del lugar. Antes de salir entregamos la toalla, las ojotas y pagamos lo consumido. Estamos en la calle.

- ¿Qué hacías con el tipo? – me dice.
- ¿Con qué tipo?
- No te hagas el tarado, con el que garchamos.
- Nada, ¿qué voy a hacer?, fui a buscar las tarjetas, estaba ahí y lo salude.
- ¡Hácete el idiota! ¿No le habrás dado tu celular, no?
- ¿¡Qué taredeces decís!?

Tomamos un taxi, recorremos el camino en silencio, como cuando fuimos. Sentía mi pelo húmedo en el frío de la noche, olía en mi piel la amarga impresión de un jabón barato, de horas desperdiciadas. Siento la mano de Manuel tomar la mía, respondo también, pero sin mirarlo, ya es sólo una costumbre.
Llegamos al departamento, todo es quietud. Nos acostamos. Me doy vuelta y me abraza.

- ¿Cómo lo pasaste? – pregunta.
- Bien –le respondo – un copado el chabon.
- Si, la verdad que si.
- ¿Vos la pasaste bien?
- Si. Bueno, dentro de todo, sí.
- ¿Cómo dentro de todo?
- No me gusto que te bese ,y bueno que sé yo, no sé si hicimos bien en ir. –dice como si nada.
- Vos no te quedaste atrás con los besos, después de todo vos querías ir.
- Ya sé, sólo que me puse celoso.

Celoso, otra manera de victimizarse, ¿sabrá lo qué es sufrir por amor?, ¿sentir todo lo que yo sentía?.
Bien, Manuel quería un trío sexual, y lo tuvimos. Lo disfrute, sólo fue sexo; uno más en mis trayectos y no me arrepiento de no haberle dado a Andrés mi verdadero celular.

LA SEÑORITA YO - Cap 9 - Marco



Otra pelea más; ya no soporto ser el espectador de su narcisismo, de su aquí estoy impuesto. No sé, en realidad no sé lo que siento; celos tal vez. Recuerdo que Jacques Cardonne definía a los celos como “el vicio de la posesión”. No sé nada, no deseo poseerlo ni que me posea, sólo que me demuestre un rasgo de interés sin imposiciones. Los celos son un argumento fácil de la vida de relaciones, de la vida compartida, del amor. Son el germen de demasiados sucesos desgraciados. No es el miedo ansioso de perderlo, en definitiva ¿Qué estoy perdiendo?; ¿amor? Tengo demasiado para dar y que me den (no el precisamente), ¿poder? No, nada de poder. ¿Imagen personal o profesional? A nadie cuento de mi relación, es la primera vez que no lo hago.
Me jode que nada pueda ser natural en la vida de Manuel. Absolutamente nada se puede dar sin ser presionado. Estábamos en el Sótano, y como en cada salida nuestra; en las cuales pocas veces nos divertíamos, terminamos peleados. Detesto profundamente a la gente que bebe sin saber hacerlo; esas personas que con una copa ya no saben ni quien son. Bien, Manuel tenía la virtud de ser uno de ellos, con sólo sentir el olor de una bebida alcohólica ya estaba borracho, diciendo idioteces a toda loca que caminaba, encarándose a todos, ignorándome por completo a mí. Yo en un pub, en un boliche o en cualquier lugar gay no era nadie para él.
No lo aguante, mientras bailaba apretado con un tipo que intentaba besarlo, lo saque a empujones del lugar. Él decía no entender nada; como siempre, como cada vez. Yo lo insultaba con la primeras barrabasadas que me venían a la boca, y él las contestaba sin hacerse cargo de nada mientras, lloraba todas sus inseguridades.
En la plaza de Callao y M.T. de Alvear siguió la pelea, lo empujo, otra virtud de él siempre fue sacar mis partes mas nefastas (jamás creí poder insultar a nadie como lo hice con Manuel, jamás creí poder pegar o empujar a alguien como lo hice con él). Trastabilla, esta borracho. Cuando salíamos para el boliche me había dicho: - Mi amor hoy vamos a estar toda la noche juntos, vamos a pasar una noche bárbara nosotros dos. Después del boliche vamos a desayunar. Algo así como ideal. Yo no le creía, sabia que eran todas mentiras; el alcohol jugaría otra vez a ser su enemigo, nuestro enemigo.
Vuelvo; trastabilla, se repone y de su boca sale lo indecible. Digo lo indecible porque siempre dijo las cosas en el momento menos oportuno, como deseando de sobremanera estropear todo. Dijo:- Quiero coger con otro, ¿vamos a un sauna?.
Yo no reaccione. Sólo atine a decirle: - Me voy a dormir, anda vos -. Él con los ojos empapados y mirándome para hacerme sentir culpable dijo: Bueno…
Cruzo Avenida Callao, hace mucho frío, junio trajo el invierno montado en la exageración. Los camiones repartidores de diarios aparecen sobre una Buenos Aires helada. Camino por M. T de Alvear, la calle esta desnuda de cualquier movimiento, mi mente se esparce en imágenes y pensamientos negros. Siento que algo se termina de quebrar en mí. Él se fue a un sauna a revolcarse con el primero que lo mire, y yo lo deje ir. No me importo ni siquiera su borrachera, ni sus lagrimas mentirosas, ni nada de nada. Nada me resulta importante. Sólo quiero caminar un rato, respirar mi aire y sentirme vivo, sentir que estoy bien yo.
El frío comienza a enquistarse en mí, decido caminar solamente hasta Avenida Pueyrredón, quedan cinco cuadras.
Él apareció desde las sombras de la noche como una sombra más. Llegó con pasos muy lentos y me saludó. Yo no lo había visto, es que en realidad era una sombra más. Parecía lindo, pero la oscuridad no me dejaba verlo bien.

- ¿Cómo estas vos? - me dice una voz arriba de un metro noventa y pico de altura.
- Bien, ¿vos? – respondo sin poder dejar de ver y admirar esa masa enorme y negra de hombre que me estaba hablando.

Los hombres de color siempre estuvieron en mis fantasías, supongo que como a la mayoría de las locas. Me atraía el hecho, no sólo del color, sino del tamaño: lo negro significaría algo así como lo prohibido, lo oscuro y el tamaño, supongo que la magnitud de esa oscuridad, su dimensión.
Una pésima idea fue ir e el Sótano, dentro de algunos días no me olvidaré de nada y seguiré acumulando preguntas. Estoy pensando todo demasiado y eso me tortura. Vuelvo al inicio; pensar una relación es hacerla llegar a su final. Es desgastarse más que en su inicio.
Marcos - me dice que se llama- , tiene un resabio de acento portugués en su voz. Tiene 24 años, 2 hijos con una argentina, llego a Buenos Aires a los cinco años y es músico de bossa nova. El arte me persigue, pienso. Hace dos años que es trabajador sexual. Me dice que le gusto, como le debe decirles a todos. Contesto que no pago por sexo, aún no creo necesitarlo; falso prejuicio, ¿por qué el sexo pago esta asociado sólo a las personas de edad mayor? ¿Acaso no es interesante, y hasta divertido, sentirte el dueño de un cuerpo ajeno aunque sea por un par de horas?, ¿sentir qué es tú esclavo sexual?
Sigo mi camino, Marcos me resulto simpático y comprador. Deseo con todo el cuerpo, con todos mis sexos, que me llame y me diga que no me cobrará, ¿Por qué tiene que cobrar? Eso no pasara. En sólo una cuadra pienso en la palabras de Daniel al respecto de los celos; - vos no confías en Manuel, vivís desconfiando y sospechando y eso perjudica la relación entre los dos, sos una especie de Juana la Loca.
Rebato lo que él me dice: - si sospecho, es porque con cada sospecha vino la confirmación, a Manuel lo miro y se que me está mintiendo, y es horrible, nunca me paso algo así. No tengo miedo a que me deje por otro, sólo que me proyecto en otros y él me hace perder la confianza en los otros. Simplemente no creo en él.
Recuerdo que esa vez Daniel me pregunto si Manuel se ponía celoso: - Si – le respondí – es una especie de indígena de las Islas Marquesas, cuando esta borracho se pone celoso, además de yirarle a todo el mundo.
Esa vez, también Daniel, ante mi respuesta me dijo, - déjalo, te va a enfermar a vos - . Lamento no haberlo reflexionado en ese momento. En fin, nunca es tarde.
Llego hasta la esquina y vuelvo. Aparece nuevamente desde la oscuridad.
- ¿Dónde podemos ir - le pregunto –
- En la esquina hay un telo barato, vamos – responde sin darme lugar a la duda.

Llegamos, entramos, pagamos. La habitación esta en penumbras. Voy a bañarme, dice Marcos. Yo me desnudo, enciendo el televisor. Una película pornográfica presenta una mujer envuelta en una panacea de pijas.
Marcos dejo la puerta entreabierta. Veo el perfil de su cuerpo; impecable, inconmensurablemente negro y perfecto. La espuma blanca del jabón dibuja picos nevados en sus nalgas, sus manos lo abrazan, su miembro aparece enorme, desmedido.
Cierro los ojos, estoy en la cama, rodeado de espejos. No quiero verme aún, no me hace falta.
Aparece la enorme mole chocolateada, me sonríe mostrando una perlas muy blancas, presentando una boca que deja de ser boca para convertirse en vicio. Apoyando las manos en el borde de la cama se arrastra hacia mí. Besa mis rodillas, sube con la lengua por mis piernas, se detiene en mi pelvis dejando un surco de saliva. Mientras tanto sus dedos acarician mis tetillas muy suavemente. Ahora la lengua se adueña de ellas. Acaricio su cabeza. Ellos no besan - me dijo una vez un amigo- , consumidor de sexo pago. - Se equivoco, -pensé cuando Marcos entro con su lengua en mi boca hasta hacerme desesperar de placer-
Sólo sé que soy yo en ese instante. Nadie más, ni siquiera Marcos. Este instante es mío.
El beso duro varios minutos, mi boca repleta de su lengua caliente y húmeda, su lengua que baja hasta mi sexo, lo hace suyo; lo besa, lo lame, lo succiona de una forma que hace palidecer mis formas. Voy a estallar. Gira sobre mi sexo poniendo el suyo frente a mi boca. Baja lentamente y me pierdo en el: Chupa mi niño – dice el niño - chupa.
Gime, gime y gimo. Nos desprendemos y se arrodilla al costado de mi pecho; el semen brota sin parar de su sexo y el mío. El blanco líquido le sale como un disparo, no puedo dejar de ver esa pija enorme y negra regalándome la belleza blanca de su contenido. No duchamos y fumamos.
Me dice que quiere más, más sexo. Su pene empieza a erguirse en el cuerpo esculpido, la imagen de una grúa subiendo una torre metálica viene a mi cabeza. Vuelve a besarme, lo hace lento, muy suave. Su lengua acaricia mis labios, los sobrepasa Se mete en mi boca, juega con mi lengua. Su sexo es una daga apoyada en mi sexo. Me siento inútil ante tanto placer; Marcos hace todo. Da vuelta mi cuerpo sobre la cama, lame mi espalda, baja hasta mis muslos; los besa, los viste de saliva. Veo por el espejo su cara perdiéndose en mi cuerpo, haciéndolo suyo. Veo por el espejo como, sin dejar de lamerme, abre un profiláctico. Disfraza su sexo de látex y recubre mi cuerpo con el suyo.
Siento su sexo abriéndose camino en mi cuerpo, mi cara apoyada en la cama observa por el espejo los dos cuerpos pegados. La cara de Marcos sintiendo placer. Siento dolor, siento plenitud. Lentamente se levanta sin dejar de sostener mi cuerpo pegado al suyo. Vuelvo a mirarme en el espejo. Su cuerpo, detrás del mío, se levanta imponente, poseedor de mí. Me excito, me caliento, lo blanco y lo negro, el yin y el yan, la energía de los opuestos. Se mueve, se mueve, me mueve, se sigue moviendo. Se mira en el espejo, me da morbo, le pido que no deje de mirar como me coje. No aguanta. No aguanto. Los gritos de placer y dolor se confunden en el cuarto del hotel.
Suavemente sale de mí. Siento el vacío.
Nos duchamos juntos. Me besa larga y profundamente bajo la ducha. Nos vestimos y salimos del telo. Me da un papelito en el que, no sé en que momento, anoto su teléfono y su correo electrónico. – Llámame vos – dice. Le pago y le digo que si.
Paro un taxi en Avenida Córdoba . No pienso en nada, no quiero pensar en nada; aún tengo marcas y olor a sexo en mi cuerpo. Marcas y olores que me gustan. Ya no tengo frío.
El departamento esta vacío, me acuesto y miro nada. A los pocos minutos llega Manuel:
-¿Cómo estas? – pregunta por preguntar –
- Bien, ¿vos? - le respondo por responder -
- Más o menos, no volví a el Sótano, fui a tomar un café.
- ¿Si?, yo también.
Se acuesta a mi lado y me abraza. Pienso en Borges, pienso en 1964; “ya no seré feliz, tal vez no importa, hay tantas otras cosas en el mundo”.

LA SEÑORITA YO - Cap 8 - Yo: aquel que escribe lo que no dice


Manuel se fue a lo de una amiga, quedo solo en el departamento y agarro el, primer libro que se me cruza; leer puede hacer que me olvide un poco de todo y viva en una frontera entre la desesperación y la libertad, aunque nunca identifique que diferencia existe entre estas. Leo a Gilles Deleuze, una frase me cautiva: “el mundo es el conjunto de síntomas cuya enfermedad es el hombre. Frente a ello la literatura es una empresa de la salud”.. Pienso en la verdad de la frase; una frase pura, sin deslices, integra. La literatura me salva, me rescata de mí, me lleva a otro lugar, lástima que, a esos lugares, viaje siempre conmigo. Revierto mis pensamiento, tambien, a veces, la literatura es sólo una enfermedad, una letal enfermedad; vivir historias de las cuales, nunca, seremos protagonistas.
Me levanto con la taza de café en mano, me acerco al enorme ventanal que da a la calle, veo como cae la lluvia que parece danzar en vaivén animal y sonoro con los adoquines; un ritmo donde deslizarse simula la vida misma. Cada gota, rompe contra el frío desmedrado del cemento hasta convertirse en miles de gotitas, que inmunes a ellas mismas, toman un camino diferente. Algunas se orientan hacia el desagüe más próximo, otras encontraban abierta alguna grieta de tierra y se perderán allí, extasiadas de orgullo mineral en la grieta y las otras, tal vez las más osadas, seguirán un camino difícil de adivinar.
Vuelvo a mí lugar, el lugar de escriba, de escritor, de esa forma de buscar historias que aún no encuentran su forma.
Dejo la taza sobre la mesada de la cocina y vuelvo a la ventana, aún siento temor de sentarme a escribir. Veo un hombre solo, bajo un toldo, que no deja de fumar, parece no importarle el agua que cae torrencialmente del cielo. A su derecha una pareja que seguramente, creo, está discutiendo; el movimiento de sus manos y las expresiones de sus rostros no me hacen imaginar una conversación tranquila. Del otro lado del hombre que fuma, un joven que puede estar pensando nada o buscando la forma de escaparse de él mismo en este día lluvioso, gris, cargado de fatalidades que se saben y no se ven. Es domingo y cualquier suicidio puede ser noticia o normalidad.
Desde que tengo memoria o razocinio; dos formas absurdas de reconocerme en los errores, he vivido para escribir, he visto sangrar mis dedos dejando huellas rojas en el papel, he inventado historias que jamás me han sucedido y hasta me convencí, en algún momento, que era un escritor.
De pequeño escribí poemas que lograban estremecerme, de adolescente cada párrafo de mis cuentos me hacían caminar hacia un delirio que no me resultaba propio. Vivía cada uno de mis personajes al límite; me sentía preso de ellos y me escapaba, pero en cada mirada de los otros volvía a encontrarlos.
Después llego la duda, la maldita duda, ese no saber si uno escribe bien o mal, si uno escribe para uno o para los otros o, si en definitiva, busca el banal reconocimiento de la opinión ajena. Escribo sólo para encontrarme.
Borraba sobre lo escrito y volvía a borrar. La duda radicaba en el inicio, en el como empezar. ¿Debía escribir sin sentido y descubrirlo mientras escribía? o ¿debía darle un sentido antes de empezar a escribir?
Siempre tuve miedo, miedo a la escritura, a escribir lo no dicho por temor a desnudarme frente al mundo. También sentía miedo a detenerme, a no poder seguir, a cortar para siempre mí relación casi onírica con la escritura. El miedo, el temor, las cosas que me circundaban. Cada palabra que no escribía me aproximaba al ahogo.
El miedo, el temor, las cosas que me circundaban, la visión de la vida; el plátano que deja caer sus hojas hacia una muerte segura, la viejita posada en la puerta de un bar; olvidada del mundo por pertenecer a él, esa viejita arropada de negra muerte que espera, espera… espera la monedita que solo la sobrevivirá unos minutos, lo que duren en esas manos que ya no son manos sino pedidos ausentes, salvajes recurrencias.
Mi visión del mundo era no querer ver más, todo me lastimaba, todo me suicidaba.
Cuando quise escribir del amor, no sabia nada de el, cuando supe lo que el era pense en no escribir nada. ¿Para qué escribir sobre lo efímero, sobre lo perecedero? ¿Para qué escribir sobre lo que es sustentado en la base de lo que no será? En definitiva nunca busque amor, si, en cambio, busque a los otros, los vehículos que me llevarían al amor.
Escribir del amor sería caer en lugares comunes, en cosas chabacanas, en pequeños libros de autoayuda barata, que por cierto se venderían por miles pero que a mi me resultarían vergonzosos.
Dejo de ver la postal de lluvia y gente y atiendo el teléfono que no para de sonar. Por el visor, veo que es el número de la amiga de Manuel.

- Hola .
- ¿Qué haces que no atendes? – me dice la vos de Manuel
- No escuche el teléfono – le digo.
- Así que no escuchaste, ¿qué hacías?
- Estaba escribiendo un poco.
- ¿Que escribís?
- Palabras, cosas, después te muestro.
- Bueno en media hora llego mi amor. ¿Preparas la cena?
- Bueno te espero, un beso.
- Te amo.
- Yo también. Chau.

Por teléfono me pregunto que escribo, es la primera vez que lo hace, y por teléfono. Nunca se interesó por saber si escribía o no. Nunca. Aún sabiendo que esa era mi pasión primera, en ningún momento de nuestra relación se vio interesado en saber algo de esto. Nada me sorprende de él. Nada. Lo peor es que ya tampoco me molesta. - Te amo –dijo- y -yo también- le respondí. Me reconforta saber lo fácil que es decir te amo; no cuesta nada, sale fácil y el otro se lo cree, como yo me lo creí siempre. Me estoy acordando de Gonzalo, ahora lo entiendo.
Me siento frente a Paula, le pause ese nombre a mí computadora, me gusta jugar con eso de que es una persona y me escucha. Me gusta pensar que en algún momento, ella me dará una respuesta a mis preguntas.
Me siento frente a Paula, ¿de qué puedo escribir ?, ¿qué historia contar si nada siento propio, no pertenezco a ningún lugar? ¿Cómo contestarme para empezar a escribirme? Este decirme yo, y caer reconocido. No. No puedo. Alguien me leerá y juzgara los escritos; mis letras, mi desnudez, y pueden llegar a condenarlas hasta confinarlas a un incinerador donde morirá la historia y con ella, otra vez, yo.
Tengo miedo; recuesto el cuerpo en el respaldo de la silla, levanto mis brazos estirando las extremidades. Siento no poder seguir.
Preparo otro café y el primer sorbo me vuelve a la realidad dormida; - Estoy solo , siempre estuve solo, sobre esto debo escribir - , ¿sobre la soledad ? Sí, un tratado sobre la soledad; la maravillosa esencia del ser humano, el estar solo, el saberse solo. ¿Cómo empezar entonces?; quizá un diario intimo, una larga reflexión. No importa, se trata de empezar, eso es lo importante. Esta iluminación que me supone ser; satori en este momento.
Vuelvo a la ventana, Buenos Aires se puso gris y gélida como una amante olvidada. Pero lo que le pase a ella es su problema. Pienso, hago intentos de frases. Todo con mi mente, trato de conjugar en presente y futuro del indicativo, sin imperativos, un tiempo que ya no es tiempo, sino apuro.
Nuevamente mi vista se desliza hacia fuera, hacia la gente;¿ Acaso todos ellos no pueden ser una historia, o varias?. Sí, todos son una historia, todos pueden ser parte de esta historia. Debo escribir sobre los rostros de esta gente, sus soledades. En los ojos de las personas uno puede descubrir todo el dolor y el amor que guardan, todas sus miserias. Sus ojos les transparentan un interior próximo a agotarse. Sus ojos son la clave, la visión que debo tener para escribir. Este instante es irrepetible, cada uno de ellos mañana serán olvidos en este tiempo despiadado y poderoso que en un segundo absorberá las historias de sus vidas. Por eso debo escribirlos, debo perpetuarlos, debo crearles una nueva vida.
Regreso a Paula. Mí mente vuela, siento estar en un cuarto muy blanco; muy frío y vegetal. Siento la obligación de darle vida a esa hoja computarizada que aparece infalible ante mis ojos, de ultrajarla en letras. Llenarla de palabras redentoras, signos revelados que le darán origen y le indicarán procedencias.
Estoy solo frente a Paula, como un Dios cansado de hacer milagros, esperando el milagro de su salvación.
Mentalmente vuelvo a esa esquina y sus personas, cierro los ojos y veo nuevamente al hombre que no deja de fumar bajo el toldo, parece no importarle el agua que cae torrencialmente del cielo, la pareja que sigue discutiendo; el movimiento de sus manos y las expresiones de sus rostros no me hacen imaginar una conversación tranquila. También el otro hombre que fuma; un joven que puede estar pensando nada o buscando la forma de escaparse de él mismo en este día lluvioso, gris, cargado de fatalidades que se saben y no se ven. Vuelvo a pensar que el suicidio es un buen principio de domingo. Es domingo y cualquier suicidio puede ser noticia o normalidad.
Pienso en todo ellos como en un intento de violar la sabiduría del olvido, trasnochar lunas que no les pertenecen, transitar la perpetua visión de lo ajeno; sus creencias, el silencio, la nada que en la nada se recrea. Y el vacío, que en su palabra encierra todo lo que significa la vida: el destino y la muerte.
Siento que soy el dueño de esas vidas, siento que les daré mejor vida en mis letras o algo mejor; un escape a sus realidades.
Los veo diferentes, los siento diferentes. Parece que esa esquina es como una antigua morada que a perpetuidad acumula pasado, tan ajena a todo. Pero no hay ausencias ni vacíos, ni siquiera silencios pequeños y tristones; hay voces que la habitan ahora; oscuridades tempranas. Tengo que contar de ese lugar y estas personas, debo escribirlo; inventar e inventarme en cada historia. Lo que yo escriba no me asegurara la gloria que no persigo, ni me reafirmara en mis fracasos, será un intento más de sentirme presente frente a un fantasma; yo.
Definitivamente debo escribir de esa esquina que me resulta un club a la intemperie de gente que no encuentra, que no se encuentra, que ya se canso de buscar, de fracasados, de mis espejos.
Comienzo a brotar en palabras, mis manos vuelven a sangrar y renazco desde mí convertido en letras y silencios. No me importa la cena ni que Manuel regrese.
Afuera la lluvia no hace más que traerme presencias.

martes, 6 de enero de 2009

LA SEÑORITA YO - Cap 7 - Manuel y YO


Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado,pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras. HERÁCLITO


Ya pasó un año; 365 días, que sé que me engaña, lo intuyo y lo confirmo. Él no sabe que lo engaño, no lo intuye y por las dudas no pregunta. La realidad de una pareja parece ser ahora cuestión de ir creciendo y tirando juntos para el mismo lado, aceptando uno del otro cada “deseo” o “demanda insatisfecha” ; frase marketinera, que suena mercado, a mercado gay.
Pasamos unas mini- vacaciones románticas en el campo de un amigo. Para mí, que me siento un escribiente, fue como estar en un lugar exterior e interior ideal. Cerca del casco de la estancia pasaba un arroyo, plagado de cascaditas. Amo las cascadas, amo la sutil música que crean al seguir el curso; eso es el amor: no pasar dos veces por el mismo lugar. Peligro: no pasar dos veces por el mismo lugar ¿significara vivir la historia, terminarla y buscar otra? Me conflictuo, estoy pensando demasiado, estoy harto de pensar.
Sigilosamente se acerca Manuel, puedo percibirlo, si, no me cabe duda, él se acerca. Cada vez que me engaño o hizo algo que podía molestarme lo supe en el momento exacto en que estaba pasando. No me pregunté nunca ¿por qué es tan predecible Manuel ?
Recuerdo una vez que me dijo que cenaría con amigos. No terminó de decir amigos que supe que me mentía. No dije nada, salio del departamento y yo me puse a chatear con Mercedes. Mientras reía, con mi hermana, entra en línea Francisco un amigo mío.



Francisco: ¡Sergio, mi amor! ¡cuánto hace no te veo por acá! ¿En qué andas?
Sergio: Holis Francis, bien, todo bien. ¿Vos? Tanto tiempo, ¿estás en Buenos Aires o de viaje?
Francisco: ahora en Buenos Aires, en una semana viajo a España por el puto trabajo. Mi novio esta furioso ja ja ja . Pero bueno es así viste.
Sergio: Y…sí. Yo bien trabajando mucho y… de novio ja ja
Francisco: Contame yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Sergio: Nada, todo bien. Hace un año que salgo con un chico que concí, ya convivimos y todo bien. Que sé yo.
Francisco: ¡Qué alegría! Yo hace más de un año que no te veo, ponete las pilas y te venís un día con él y cenamos los cuatro. ¿Cómo se llama?
Sergio: Bueno dale, arreglamos y un día vamos. Manuel se llama
Francisco: ¡Qué bueno que estes con alguien, a vos te gusta la vida en pareja! ¡Ah! Te acordas de Juan, mi amigo medico de San isidro?
Sergio: ¿Cuál?
Francisco: Juan che, que no conseguía novio ni a palos. Hoy cenaba con un chico de Palermo, lo invito a un restaurante de la Costanera y creo que después iban al cine. Me acorde porque me contó que se llama Manuel, como el tuyo.
Sergio: Mira vos, que coincidencia.
Francisco: Si, Juan esta muy expectante con el encuentro, lo pasaba a buscar por la esquina de su casa.
Sergio: ¡Ah! ja ja ja, a ver si me lo encuentro todavía.
Francisco: Y si, Palermo es chico y se conocen todas ja ja ja, por la dudas no andes por Charcas y Salguero, ja-ja-ja-ja-ja
Sergio: ¿Charcas y Salguero?, cerca de donde vivimos nosotros. Che Juan, ¿cómo es el chico que conoció?
Francisco: Mira, mucho no sé; me contó que es alto, unos 32 años, creo que trabaja en una consultora, no sé bien, mañana me contara.
Sergio: Ok. Bueno Juan, espero verte pronto a vos y tu amorcito. Te mando un beso y te quiero mucho.
Francisco: Yo a vos también, cuídate y tráenos a tu chico así lo conocemos. Besitos.
Sergio: Besos.

Caíamos en lo mismo; otra vez engañándome, otra vez la idiotez de su parte. Llego al departamento y lo llamo. No atiende. Le mando un mensaje de texto. A los minutos me responde que no tiene casi señal y que me atiende y se corta.
Decido no llamarlo más.
Me ducho, preparo un whisky y me recuesto a escuchar música.
Manuel se había ido a las nueve de la noche. Cuando regresó, cerca de medianoche, a la hora de las brujas, en la hora oscura, me dice mientras me da un beso:

- Hola mi amor ¿estás dormido?
- No, te esperaba. ¿Cómo te fue?
- Bien, todo bien. ¿Vamos a salir?
- Pero acabas de llegar, contamé; ¿cómo te fue?.
- Bien, fuimos a cenar por Palermo con los chicos del trabajo. Bien, la pasamos bien.
- ¿Si? ¿Seguro que saliste con ellos?
- ¿Qué preguntas? ¿Ya empezas? ¡Déjate de joder! – me respondió mientras comenzó a prepararse un whisky.
- Nada, te pregunto, no sé por qué te pones así.
- Mi amor, siempre estas dudando! ¿Dónde voy a estar?
- Y qué se yo, viste como es el destino, te lleva a lugares que a veces deseas, por ejemplo a la Costanera, a cenar con un tal Juan ¿no? - le dije sin pelos en la lengua, viendo como él empalidecía
- ¿Qué decís? ¿Con qué Juan? ¿Vos estas cada vez más loco!
- Y vos cada vez más mentiroso. Y al cine; ¿qué fueron a ver?
- No te aguanto más. Me voy a caminar.

Dio un portazo y se fue. A los pocos minuto regreso. No le hable. No me hablo. Se acostó a mi lado y busco abrazarme. Yo no tenia ganas de abrazar un mentira; ¿quien habrá sido el imbecil que invento la frase que reza “una mentira no es más que una verdad que a veces duele menos”. Quien puede ser tan idiota.
Soy un tipo que necesita saberlo todo, aunque duela, aunque mate. Siempre entendí que a una persona se la mata de una sola vez y no todos los días un poco. Creo que el poder que te da la verdad es algo inmaculado: es el poder de poder decidir que hacer de nuestras vidas ante determinadas situaciones. Ese poder debe ser dado por naturaleza, y lamentablemente, a vece por el otro. Si el juraba ser tan frontal: ¿cuál era la necesidad de la mentira?. Mi mayor dolor era permanecer en la incertidumbre. Yo no hacia nada evidente y aunque después de su primer engaño, en aquel viaja a San Juan, que provoco mis ganas de experimentar otras cosas, nunca le di un mínimo motivo para que sospeche. Después de todo el sexo corresponde a la esfera de lo privado; ¿para qué contar entonces mis engaños? Luego de mi efímera y extremadamente caliente aventura en el ascensor, entendí que nunca le iba a contar mis pequeños grandes deslices; ¿para que? Si pertenecían a mí y a un instante de mi vida.
Cuando nos levantamos y mientras él hacia el desayuno volví a preguntarle donde había ido y volvió a mentir y a enojarse. Decidí callarme, el tiempo suele traer la verdad como una forma limpia y llana de aclarar todo.
Tres meses después me contó de su salida con Juan, que casualmente era el amigo de mi amigo Francisco. Le pregunte por qué me había mentido y dijo la idiotez de siempre: para no lastimarte. ¿Todo podía continuar normal? La otra frase idiota: “la primera vez que me engañes es culpa tuya, la segunda culpa mía”. Cambiaría: “la primera vez que me engañes es porque sos un tanto puto, la segunda es porque sos muy puto y cobarde” Todo esto argumentado en sus palabras: vivió diciéndome siempre que yo era el amor de su vida, la persona con la que quería pasar su vida. Pero por favor; a otra cosa mariposa. Las locas no nos cocinamos en el primer hervor. Las “mariquitas” somos miles, pero lamentablemente nos conocemos todas.
Seamos realista, la tentación esta en todos lados, sobre todo cuando uno es habitante de una gran ciudad, pero de ahí a encamarte con el primero que se te cruza por el solo hecho del deporte sexual o de sentir que sos algo para el otro, hay un largo trecho. Siempre considere que las situaciones se dan, no se provocan, Manuel vivia provocando estas situaciones y empezó a hacerlo delante mío, cosa que en un principio me desquiciaba. Él lo presentaba como un juego de seducción para alimentar su narcisismo; yo lo vivía como una provocación constante hacia mi amor por él, hacia mi entrega. Pero siempre me he advertido y he advertido; no tengo que sentirme provocado, ni vulnerado, no busquen que saque a los otros, los que habitan en mí.
Esta situación la vivimos en dos o tres oportunidades más, por lo menos las que me contó, estimo que fueron más, pero allá el y sus negaciones.
Me sentí cansado, uno de los pocos días en que lo vi relajado busque el diálogo sincero para ver que haría yo, ya que para Manuel, la vida era un interminable bacanal.

- ¿Por qué no hablamos sobre lo que queres de nuestra relación? - le dije, mientras le daba un mate.
- ¿Cómo que quiero?; estar con vos. Te amo y quiero comprometerme con vos, con alianzas y todo, ¿te gustaría?
- No hablo de eso, y mis compromisos pasan por otro lado, no por una alianza.
- Sos un mala onda –respondió mirando para otro lado.
- No soy mala onda, no me banco más que mientas y hagas boludes tras boludes o te ponés las pilas o cortamos.
- No quiero cortar, pero no sé que me pasa. Me encanta estar con vos, te amo como creo que nunca ame a nadie… Pero no puedo dejar de coger con otros. Quiero que sepas que te engañe tres veces y te lo dije…
- No me lo dijiste, me lo confirmaste, yo ya lo sabia.
- Como digas , pero quiero estar con vos y necesito que me ayudes con esto. No quiero perderte.
- ¿Qué propones?
- Yo te conté que no experimente muchas cosas sexualmente. Creo que eso es lo que perjudica nuestra relación, por eso soy infiel con vos y con otras personas que estuvieron conmigo….
- Bueno ¿cómo te ayudo?- le dije algo fastidioso.
- No sé, que se yo. Si tengo ganas de estar con otro me gustaría que vos también estes, eh… prefiero que compartamos una persona los dos a que yo te sea infiel. Prefiero dejar de mandarme cagadas solo y empezar a hacer eso con vos cuando sienta ganas de tener sexo con otro. Después de todo a vos te amo y podemos compartir eso ¿no?
- ¿Me propones cama de tres?
- Si, que se yo…si. –respondió

Me sorprendí de la misma manera en que sorprende cualquier mortal que camina por Buenos Aires y ve tirado en la calle un mendigo; es decir: una propuesta así de su parte fue…nada. De todas formas, como yo nunca había estado en una cama de tres, nunca una pareja me había pedido eso, se cruzaron por mi mente mil imágenes ; los cuerpos de otros rozando el de Manuel, las lenguas perdiendóse en su cuerpo, los sexo entrelazados jugando a ser posesiones, la promiscuidad jugando a ser cotidiana. Nada, no pensé en nada y pense en todo, aunque nada de él podía sorprenderme ya.


- No sé si voy a poder, pero entonces ¿no me amas? – le conteste.
- Te reamo, ¿no entendés? ¿qué tiene que ver el amor con el sexo?- me dijo como si nada.
- No sé supongo que mucho,¿ te parece que nada tiene qué ver el amor con el sexo?
- No, a vos te amo, a los otros no.
- Bueno vemos que pasa. –le dije queriendo cerrar el tema.
- Te amo – dijo él, mientras empezaba a besarme, a desnudarme y hacerme el amor.

Tenía razón, nada tenía que ver el sexo con el amor, después de todo, yo empezaba a tener una vida sexual paralela. Cada vez me confirmaba a mí mismo que nada volvería a ser igual con Manuel; que nunca volvería a confiar en él, y que el amor empezaba a ser solo una ilusión pasajera, algo que fue en un tiempo en que pudo ser.Ese tiempo no existía más.

viernes, 2 de enero de 2009

LA SEÑORITA YO - Cap 6 - XXX



Llego a lo de Hernán; un amigo que tengo postergado y deseo recuperar. Me mando un mensaje de texto insultándome porque hace tres meses que no nos vemos. Pienso que en la adolescencia tres meses no significan nada. Después de los treinta empiezan a ser décadas. ¿Exagerado yo?
Le contesto diciéndole que, si hoy esta en su casa, pasare a visitarlo. Responde que seis y media de la tarde me espera.
En el trayecto a su casa recordé cuando lo conocí, fue en un pub alternativo de calle Corrientes. Él estaba en la barra y yo sentado en una mesa próxima. Él solo. Yo también. Cruzamos una mirada entre cómplice y aventurera, y con su osadía de siempre, agarro la bebida que estaba consumiendo se acerco a la mesa y me dijo:

- ¿Me puedo sentar con vos?, tu mirada me cautivo.
- Mira vos, ¿mi mirada? – le respondí incrédulo – sentáte .

Bien podríamos haber tenido una historia, pero la charla llevo a no pertenecernos. Los dos teníamos veintitrés años y la incertidumbre como destino. Aun hoy cuando nos juntamos para ir al cine, tomar algo o simplemente charlar; siempre, irremediablemente, en algún momento, volvemos a cruzar esa mirada de la primera vez.
Toco el piso 14 de la Torre Callao, Hernán es arquitecto y su departamento es un derroche de buen gusto y sobriedad, nadie diría que ahí vive una loca desenfrenada. Entro al edificio con toda la ansiedad de contarle de mi relación con Manuel, para escuchar otro punto de vista, que me diga que no estoy tan loco.
Espero el metálico ascensor, entro mientras escucho una voz masculina que grita:

- Aguarda un segundo por favor.

Cuando esa voz se hizo cuerpo, dentro del cubo automatizado, el aire densifico mis venas. Frente a mí, parado sin dejar de mirarme, un ejemplar de macho en extinción. Un hombre, con mayúsculas, cubierto en un traje Armani, envuelto en una fragancia que me elevaba, alto; en mi metro ochenta quedaba grande, su boca admitía ser una puerta al desenfreno, sus ojos escupían un verde intenso, y sus manos podrían abarcar el colosal cuerpo de un guerrero Zulú.
Un instante puede ser nunca, o puede ser simplemente un instante.
Mis aturdidos nervios logran sentir como se cierra la puerta del ascensor. Él frente a mÍ, levanto tímidamente la vista para que no se de cuenta que ya lo había mirado y veo como sus ojos están clavados, fijamente, amuradamente, en los míos.
Mis manos sudan. No le pregunto a que piso va. No me pregunta a que piso voy. En realidad no sé donde estoy. Pienso lo peor; es un loco, me va a matar, es un asesino; ahora me despelleja vivo, crucifica mi cuerpo en la terraza y realiza un ritual indio, en ese attache lleva un cuchillo, no; una espada, no un revólver, no, una soga y me estrangula… ¿Qué pasa? ¿Quién es el loco?
Vuelvo a la realidad cuando esa boca, que admite ser una puerta al desenfreno, se pega a la mía violentándola con una lengua mojada de tanto calor. Una lengua que explora cada rincón de mi boca. Me pierdo, agarro su cabeza por atrás y mi lengua juega a poseer su boca. Sus ojos permanecen abiertos como los míos; queremos ver, queremos vernos, observar la próxima jugada del otro. Esas manos gigantes empiezan a apoderarse de mi cuerpo, me estremece, desabrocha el cinto de mi pantalón, me saca la camisa con un solo movimiento, siento explotar, siento como su piel comienza a quemar la mía. No me importa nada, a él tampoco. Desanudo su corbata, su lengua sigue haciendo estragos en mi boca, rodea mi cuerpo, estruja mi espalda. Rompo todos los botones de su camisa, impecable, en una desesperada carrera por ver su torso desnudo. Dejo de sentir la sensación de levitar, el ascensor se detuvo. Se abren las puertas, me toma de la mano. Entramos a una especie de solarium; un cuarto enorme, como una gran casa vidriada, a lo lejos se ve una línea azul, roja y amarilla; el día da paso a las sombras. Me tira contra una pared y sigue ultrajando mi boca. Todo sin hablar.
Mis manos bajan hasta su sexo y se encuentran con una dureza brutal y primitiva. Lo rozo, lo toco, marco un terreno que en breve será mío. Siento su primer gemido, un halito de voz, un susurro gozoso. Deseo esa roca humana, ese celestial cuerpo que habita en su cuerpo. Lo deseo y él lo sabe.
Lo desnudo completamente como hizo conmigo. Nos encontramos tirados en una montaña de colchonetas. Su lengua dibuja surcos en mi piel, se posa en mis tetillas y las rodea de saliva, para volver a besarlas y lamerlas y besarlas.
Siento que voy a perderme en un orgasmo infinito. Gira mi cuerpo para besar mi espalda, baja hasta la cintura, recorriendo mis nalgas, mis piernas. Apoya su cuerpo sobre el mío; el poder embriagador de su miembro duro apoyándose en mi culo, balanceándose seguro en ese terreno desconocido, me vuelve más loco aún.
Se detiene, yo no reacciono. Escucho algo así como la rotura de un plástico y vuelvo a sentir sus manos tomándome la cintura para levantarme. Deseo morir en este instante. Esa roca comienza a entrar lentamente en mi cuerpo, esa roca sedienta de sexo va lentamente abriendo un camino en el interior de mi hoguera. Sólo se escuchan sus leves gemidos, muy suaves, casi imperceptibles. Yo estoy mudo, revolcado de placer, no logro emitir sonido. Mi mente me calla y mi sentir me dice que grite como una perra, como la perra que soy, que gima como si me estuviese cogiendo el quinto regimiento de infantería completo. Que grite, que gima, que grite, que un instante es simplemente un instante. Dejo sentirme y sentirlo en el silencio. Que nada acabe, que todo se postergue.
Cada vez más fuerte y acompasado va taladrando mis entrañas, no logro resistir más, parece que él tampoco. Su cuerpo cae sobre mí espalda, su boca en mi oído exhalando gozo, respirando agitadamente, su corazón parece querer entrar en mi espalda. Suavemente se levanta, suavemente vacía mi cuerpo del suyo.
Logro darme vuelta mientras él se viste. Agarro mi ropa. Me mira y sonríe, devuelvo el gesto. Me cierra un ojo y escucho su voz: - Chau.
Podría no haber roto el silencio, hubiese sido todo más mágico.
Hago un paneo del lugar y recuerdo que llegue ahí porque venia a lo de Hernán. Recuerdo que entre ahí porque Hernán me había abierto la puerta y me estaría esperando. Corro, llamo al ascensor y marco el piso 14. La puerta estaba abierta, desde allí lo llamo.

- ¿Dónde te metiste? – me dice enojadísimo – hace quince minutos que me tocaste el portero, ¿no me vas a decir que te perdiste acá!?
- ¿Cómo? ¡Ah! No, ahora te explico. Convídame un café. – le contesto perdido en mí.
- Bueno, bueno, pero acompáñame a la panadería que quiero que pruebes unos strudells que son un placer. Vamos, dale.

Bajamos los catorce pisos, me pregunta si me pasa algo que estoy tan callado y respondo que fue un día de mucho trabajo y estoy algo cansado. Me había dicho quince minutos; esta cuestión del tiempo es demasiado sobornable. Creí haber estado horas con ese cuerpo balanceándose sobre el mío, con esa lengua comulgando con la mía, con ese hombre que ni siquiera sabia su nombre. Aunque tampoco me importaba.
Hernán compra esos strudells que se ven maravillosos y volvemos. Llamamos al ascensor y cuando las puertas se abren aparece él. El mismo que minutos antes había sido el sultán en los emiratos de mi cuerpo. Quede paralizado. Él, como si nada, nos dice: - Buenas tardes – como cualquiera puede saludar a dos extraños. Luego se pierde atravesando la puerta principal.

- ¡Nene! – me dice Hernán.
- ……………………...
- ¡ Che puto reacciona!, ¿Qué te pasa, tenes leche acumulada?
- ¿Eh? ¿Qué pasa?
- ¡Pero te quedaste cual loca alzada mirándolo!
- Bueno che, esta fuerte, perdona, por ahí no me di cuenta. - le respondí.
- Todo bien. Es un mata putos, como su mujer, es un sorete. Viste como pienso yo; se debe morir de ganas de cojerse un tipo, pero no se anima.
- Y sí, ¿capaz no?- le respondo yo.

Ya no le contaría a Hernán sobre mi pequeña aventura con el mata puto. Que se yo; un instante puede ser nunca, o puede ser simplemente, un instante.