lunes, 29 de diciembre de 2008

Libros: KERES COJER = GUAN TU FAK



La primer parte de la trilogía del joven escritor Alejandro López, Keres Cojer = Guan Tu Fak, a la que seguirán : (22 X /) Flor de Chongo y Las Aventuras de Vanesa en América , parece recostarse en la frase; “la lectura es larga, la vida es corta”.

Una delirante novela donde prima la comunicación que trasciende, desde hace años el mundo de las relaciones toda frontera: el chat y el correo electrónico.

Diálogos que desde el espacio virtual nos introducen en una historia cargada de sexo, complicidades, sueños de ser alguien o “algo” en la vida de los otros. Una trama policial con la muerte rondando todo lo poco que puede rondar: la vida humana.

KERES COGER = GUAN TU FAK presenta una estética creativa no solo desde su diseño editorial sino también desde el personal lenguaje del autor convirtiéndola en una obra que seguramente no pasara desapercibida.

Autor:Alejandro López
Agradecimiento: Julia Hacker – Editorial Interzona.

Libros: La Canción de los Peces que le ladran ala Luna



“Cuando andas mal todas las canciones parecen decirte algo…” inicia el escritor y periodista Osvaldo Bazan esta novela donde el amor parece ser, por momentos, el único protagonista de pasiones desbordadas.

La mirada exclusiva del narrador puesta en una historia donde la marginalidad, la noche y la violencia, conviven hasta fusionarse en lo único que nos rescata: la búsqueda de un sentido.

Dos taxi boys amando a la misma mujer desatan un recorrido perverso, angustiante pero cargado de realismo y honestidad literaria. Otro acierto de Bazan. Otro éxito de Marea.

Osvaldo Bazan
Editorial Marea

Agradecimiento: Constanza Brunet (Edit. Marea)

De cómo se va dejando



-.l.-

Había sido él, el que no era;
equivocado en el alcance,
palpaba los sexos;
que seguían,
que quedaban.
Su cuerpo retrataba retaguardias,
ejercitaba el inocente pecado
que aún era un juego,
el de palpar los sexos;
que volvían ,
que acababan,
que secaban.
Respondía anhelante, despiadado,
al vicio de la lengua
que aprisionada en la carne
palpaba los sexos,
que lamían,
que chupaban,
que dejaban.
Calvarios de esperma y sudor
reclamaban los limites del cuerpo
sosteniendo los latidos,
que salían
que buscaban
que encontraban.
Costera era la noche que anclaba
regresos, que regalaba ocultas galas;
para someter, ahora, al sexo,
que revienta,
que justifica,
que agota.
Había sido él, el que no era
o si era había sido él, que volvía,
que seguía y quedaba;
que acababa y secaba,
que lamía que chupaba
y reventaba,
y equivocado en el alcance
palpaba los sexos.


-.ll.-

Lleno de creencias, en su celda,
limó barrotes,
rasgó vestiduras y rosarios
mató al santo,
olvidó al cura,
al Papa (o a papá) y su macabro silencio.
Había sido el mismo que no era,
con la creencia, ahora de no creer.
En una prisión de poros inundados
engendraba vientos y consignas
Y mató al cura y sus mentiras,
rompió el yeso de aquel santo;
y era el mismo que no era,
con la creencia, ahora, de gozar,
en ausencias anhelantes,
en humildes despedidas,
en placeres hundidos al tacto,
en ríos de estiércol.
Y caminando la calle paga,
mató al santo,
olvidó al cura,
del Papa ya no habló,
y siendo el mismo que no era,
se crucificó;
también fue un mártir.

-.lll.-

Silbaba la noche común,
casi estúpida y vacía,
relámpago de soledades
anegaban la calle paga.
Fue en una esquina, cree,
no recuerda, ni quiere.
Fue de noche y no admitido;
y sí callado,
y no sin miedo
y sí sentido.
Cruzadas las miradas se buscaron,
llegaron de rodillas
a inundar el despunte solar.
Transporte que acarrea ya a dos que no eran.
Boedo y después también.
Seis meses, fueron seis o tal vez menos
de insanías y desvelos.
seis meses, fueron seis o quizás más
esperando la entrega;
sin quebrar los cuerpos,
sin pedir nada...
Y seguía sin ser quien era.
volvía la nocturna silbatina,
se sentía el olor a sexo casto
y empezaba a saber quién era
él, que no era,
empezaba a conocer el amor
que fue olvidando.

-.lV.-

Menta de trasnoche y humo,
alfombras lo habitaban,
suaves melodías,
sentidos los besos húmedos.
Lejanos recuerdos se acercaban a la culpa.
Un ajeno encierro
que pesaba en la balanza de intenciones.
¿Era quién el que no era?
Desde sus polares sentidos
temblaba en imposibles horas;
a imagen y semejanza de lo aprendido:
por separado,
por idiota,
por ejercicio.
Eran de amor sus horas con el que no era,
eran remansos cómplices
que habitaban otra historia.
Pero era y no era.
Desterró inesperados besares,
persiguió otra vez más, casi elocuente,
los tambores de la noche;
sus ritmos,
sus cadencias
sus avaricias.
Y volvió, una vez más, casi creyente
a buscar sus soledades en la noche.

Las dudas de la fé




por Mabel Padelli

Finalizada la procesión, luego de tantos rezos,
volví a su cruz, me arrodillé…
y a medida que mi pensamiento se escurría hacia El
sentí que mi religión había envejecido,
mi místico corazón huía
engendrándose en materialismo.

Pero aquellos ojos sufrientes de mi Cristo,
plenos de bellísima serenidad,
me seguían con la mirada.
Peleábamos abrumadoramente
entre sus espinas y las mías;
pero me ordenaba a la vez,
con una bondad, ancha, honda,
que mi intuición era despiadadamente imperfecta.

Entonces, me sublevé en plegarias…
y de pronto un soberbio llamado
me elevó hacia el cielo y me gritó:
¡Que muera tu corazón, mi amor lo espera!
¡Que crezca tu infame cobardía!,
yo la vigilo y la detengo.
¡Que la duda te fragüe con sus llamas!
y… si después mueres se elevará tu alma,
y allí, en el titilar de las estrellas, invisible,
estaré yo, tu Cristo, esperándote
para acunar las dudosas quimeras de tu espíritu.

El juego perverso



Escribo, escribo, escribo
Escribo, escucho, escribo
Escribo, leo, escribo
Escribo, sangro, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, caigo, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, muero, escribo
Escribo, escribo, escribo.

Escribir hasta caer.
Caer escribiendo;
el abismo es el mismo
la distancia igual.

Escribo, escribo, escribo
Escribo, callo, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, sano, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, emerjo, escribo
Escribo, escribo, escribo
Escribo, nazco, escribo

Escribir hasta nacerme
o nacerme escribiendo;
el dolor es el mismo
el mismo dolor es ser.

Escribo, escribo, escribo
Escribo, me nombran, escucho
Escribo, escribo, escribo
veo, observo, escribo.

Escribo, escribo, escribo
callo, escribo, callo
Escribo, escribo, escribo

Me nombro, me llamo, me duelo
Escribo, escribo, escribo...

Aproximación al no decir.





“Si el vocablo te toma la vida, es que tienes una vida para dar. Mientras no nos expulsen de nuestros vocablos, nada tendremos que temer; mientras nuestras palabras conserven sus sonidos, tendremos una voz; mientras nuestras palabras conserven su sentido, tendremos un alma”
Edmond Jabes


La pregunta inicial sería: ¿ Quién o qué es un poeta?. A la misma se le pueda dar una multiplicidad de respuesta, tantas que una puede invalidar la otra y así sucesivamente hasta la desaparición del concepto, hecho que esta sucediendo: cualquiera puede escribir de lo que se le antoje, de la forma que quiera…
Tantas definiciones, desde las académicas; absurdas u aburridas tanto o más que las enciclopédicas, o definiciones que presentan y caracterizan a los poetas según la época que les toco vivir o el movimiento al que pertenecieron. Así encontramos románticos, existencialistas, barrocos, surrealistas, el ultraísmo, el dadaísmo, le modernismo, el simbolismo, el parnasismo, ismo, ismo, ismo hasta el hoy: EL ABISMO.
Todos estos movimientos unidos en un común denominador; la trascendencia a partir del decir, su decir hecho poesía: POESIA que no deja de ser “su identidad”. La marca que hace de cada uno un ser distinto, un habitante de lugares absolutamente únicos.
En el momento de la creación el poeta esta sólo. En ese “estar” , ¿se encuentra?, ¿se pierde?. Ese “estar” ¿ es nacerse, morirse?. ¿No debería ser acaso la conjunción de todo lo que fue y será ese poeta en sus letras? ; su decir, su nombrarse en presente trasladando ayeres y proyectando mañanas, en definitiva la escritura de “su” legado. Recordemos a Faulker cuando afirmaba “las voz del poeta no simplemente debe ser el recuerdo del hombre, puede ser uno de los puntales, de los pilares que lo ayuden a resistir, a prevalecer”.
¿ Una voz que llama y precede todo lo an-tes-pen-sa-do ?.





Para todo necesariamente hay un origen, en el origen el caos, dicen. Del caos vamos a la mas universal de las respuesta para la pregunta inicial “el poeta es el que escribe poesía” este… y ¿la poesía ? ah … es la creación o el producto que resulta de la imaginación y la invención del ¿hombre?.
Bajo este criterio universalizado de la cuestión, supongo, todo es poesía: el dulce de leche, las llantas de los autos, el vidrio, las hamburguesas, los helados, etc.; ¿acaso estos productos no tienen su origen en la imaginación e invención del hombre?
El poema, lo que deviene poesía, debe convertirse en una realidad lingüística que depende de condiciones ineludibles.
La realidad nos responde una aproximación casi nociva a la definición de poema y poeta: “hay tantos poemas y poetas, como poemas y poetas existan”. Piadosa mentira de este universo globalizado.
El poema para tener una función debe, irrevocablemente generar una relación de ida y vuelta entre su decir; su materia, su estructura y quien lo crea y de allí quien lo lee.
Una relación atemporal casi me atrevo, a perpetuidad entre creación y recreación del mismo poema en el lector.
Internalicemos a Rene Char:

“Es preciso instalarse en el exterior de uno mismo, al borde de las lagrimas y en la orbita de los hombres, si queremos que algo fuera de lo común se produzca, algo que sólo era para nosotros”

Desde el exterior me veo y me confirmo por haber estado antes dentro mío. ¿ No es acaso esa la magnificencia del llamarse, del reconocerse uno en sus letras , su decir?. ¿No ocurre allí esa creación que hace honor al concepto y legitiman al hombre que crea, que produce el poema?, eso que solo es para él, lo que siente propio, único?

El tiempo es testigo de lo inacabado, del decir que disminuye en los ecos de estas sociedades, de estas culturas cada vez más vacías de contenidos. Los poetas también se globalizaron; aquellos (no todos) los que tienen un nombre en el universo poético, aprovechan el espacio ganado para escribir cualquier necedad, lo primero que se les ocurra será poesía. El nombre ya lo tienen.
Las nuevas generaciones blanquean sus discursos desde lo que creen y consideran trasgresión y lograr de forma permanente/continuada herir de muertes sus poemas, degenerar el género, aniquilado por ser puro.
Lo chabacano, la grosería (lenguaje fácil de los necios), lenguaje hostil y desmedrado que utilizan para la vejación del decir, hoy no conoce limites.

¿Cualquiera puede escribir poemas? ¿Cualquiera puede decirse en un poema?

Parece que sí. Parece que para los que hoy escriben no existe vínculo alguno con la realidad; no tienen miedo al disparate, a la vergüenza (lugar desde donde es difícil volver), al ridículo. Su razón esta en decir algo, no importa qué y mucho menos importara el como.
Estos poetas, que considero nacieron en un mundo sin palabras; un mundo inmerso en las miserias del alma, carecen de la idea de detención; ese lugar que nos indica HASTA ACA, que nos dice donde parar, donde detenerse.
Y es ahí donde caen rendidos, escribiendo lo indecible y en esto creen representar una realidad superadora de… nada, ya que esta realidad los supera a ellos llegando al punto de no saber y no poder controlarla.
En sus textos encontramos ausencias. No esa ausencia que puede hallarse en la maravillosa literatura de Alejandra Pizarnik en donde desde el vacío que derraman sus poemas, en los cuales prima la ausencia, estos se pueden llenar, acoplar y trascienden el universo de la poetiza para perpetrar nuestro propio universo.
La ausencia en estos poetas, es un lugar donde lo permitido supera cualquier limite ; vacíos inocuos donde creen que nada les falta, donde es casi imposible (guardo una esperanza en el casi, de redención y reconversión de algunos) que un lector se introduzca en ellos de lleno.
Los poetas de hoy (quiero creer que no todos gracias a alguna fuerza divina) terminan un poema olvidándose de los fundamental: LO ABANDONARON EN SU PRINCIPIO, EN SU ORIGEN, NO ORDENARON EL CAOS.

Jugando en el reino de la gratuidad

¿Cuándo escribimos nos liberamos de toda necesidad? que significa esa carencia que nos daba vuelta, de un interior que ya se agotaba y es ahí, cuando liberamos esa necesidad que caemos en lo gratuito: ¿PODEMOS ESCRIBIRLO TODO?, ¿PODEMOS DECIRNOS EN TODO?
En realidad seguimos presentándonos sobre un fondo ausente, se escribe para enunciar el vacío. Esta noción no esta mal si logro llenar ese vacío. Lo malo esta en perpetuarlo o pero llenarlo de mas vacío y así darle un sinsentido.
¿Lo negro fue siempre negro? Pero puedo pensar o imaginar que existió un proceso, un matiz que dio origen al negro. ¿Las claves?, el contraste, la búsqueda del negro a partir del blanco o viceversa; en el alumbramiento de palabras que troquen en imágenes.
No debemos llegar tarde al poema, no debemos cesar a la sana ambición de que lo escrito nos trascienda.
El poema es ante todo belleza, pero la belleza en el sentido universal del concepto, sino la pureza de lo que uno pueda imaginar. La belleza también es dolor, es muerte, es dejar lo que se sabe nunca será. Debemos sublimar conceptos para dar nuevos orígenes, crear aun lo no creado, la marca que nos indique propiedades lo que escribimos, en lo que sentimos nuestro.

Confesiones

Dejo arrasarme por la palabra. El alumbramiento de ella debe nacerse solo, debemos poner el vientre para que se rompa con todo lo dicho, pero no desde el absurdo, sino desde un sustento creativo, desde la básica noción de “saber” que es lo que voy a decir, que voy a trasladar al otro. Me digo YO, me reconozco, me nombro.
Se me “ser” en un desierto de palabras que se nace para mutar oasis; las descubro, las busco, las ubico. Les doy el oxigeno de mis manos.
Cuando amanece en mis noches, las elevo por los dos universos queme circulan; el racional y el irracional, lo que pienso y lo que siento, eso que alcanzo y lo que se me escapa también.
Me distancio de las letras con ese efecto de dejarme ir de ellas. Vuelvo a encontrarlas en otro tiempo.
En ese tiempo que no las vi. me disfrace de lejanías, mute mil veces y algunas mas maldije haberlas dejado huérfanas. Pero ellas necesitaban irse de mí. Yo necesitaba dejarlas.
Ellas necesitaban libertad.
Yo sentirme libre.
Con la sana idea de que no existan condicionamientos, con el deseo que entre ellas y yo aparezcan errores o aciertos nos dejamos.
Vino el silencio a calmarnos, a besarnos suavemente estas lejanías, la ansiedad no puede traicionarme.
Silencio.
Trato de ser exacto, de conjugar mente-silencio con palabras que me callen. Descubro que es posible el irme de lo escrito para volver y conocerme. Algo así como un encuentro con mi encuentro. El clímax.
Durante horas, días, quizás, meses me descubrí en el papel haciéndole el amor como en un ejercicio tántrico; ir y volver, penetrando cada hueco, reteniendo el aliento, doblando el cuerpo y equidistando la mente.
La contención es la palabra justa para no faltar el respeto de lo escrito, de lo dicho, para retener palabras que nunca serán palabras, sino vacíos. No herir el poema, mi marca, la identidad que me pertenece por ser.
Acariciar el poema para que traiga a memoria todos los olvidos.
Es ahí donde sucede su conversión, el ser espejo que no muestra sino que refleja hasta convertirse en otro, hasta ser otro.

La Señorita Yo - Cap. 2 -


Una vez, hace nunca, llegue; partiendo un útero, revolviéndome ante el espanto de la vida sin saber que era. Bebiéndome un aire que no era mío, dí un grito y anuncie mi ausencia.
No quiero aburrir; el grito de mí madre fue prolongado por el mío ante la palmada. Una niñez sin sobresaltos; entre juegos, risas y la mirada atenta de esa mujer cuyo nombre suena grande en mí, cuyo abarcarme es vida por ser significado. Sólo una palabra.
De todas las vidas que uno vive y no hablo de la cuestión de la reencarnación, sino de las vidas que uno va eligiendo, esas vidas que nos van llevando a ser. De esas vidas sólo guardo el recuerdo de los aromas. El aroma a pasto mojado del parque de casa que contenía lo ajeno como propio, el pasto verde mojado humedeciendo todas mis desesperaciones. La primavera violentando los cerezos, donde trepaba niño tratando de llegar a lo alto, a las ramas, donde lo rojo se confundía con lo blanco. El aroma a tierra después de la lluvia, ese aroma a tierra embebida, fundida en el agua. El aroma de los árboles de la plaza, tantas veces escrita, tanta veces olvidada. Esa plaza donde los pasos son seguidos de las sombras, donde las fuentes danzan aguas de adioses y despedidas.
Lo normal; un padre ausente, una madre siempre a la expectativa y dos hermanas; una mayor que asumía siempre un rol que no le pertenecía, que nunca seria suyo, y una menor que era simplemente una involuntaria cómplice de toda mi vida. Hasta aquí todo bien, al menos eso parecía.
Los olores, los juegos, los domingos familiares, las discusiones con olor a vainilla de las tortas.

Sergio vamos a jugar – me decía Mercedes, mi hermana menor, mientras tomaba mi mano para salir al parque.
Vamos, ¿a qué queres jugar ?
Y… a la casita… ¿queres? – indagaba mientras sus ojos azules me miraban implorando un si.
¡Sí!, claro que quiero.
Bueno entonces vos hace de mamá.

Cuando nació Mercedes yo tenía todas las expectativas puestas en la panza de mí madre; sabía que algo especial crecía ahí dentro. Un ser distinto, algo así como una gracia divina.
Lourdes, mi hermana mayor, me llevaba siete años y ninguno de los dos buscó en el otro un mínimo gesto de comunicación. No nos llevábamos mal, directamente no nos llevábamos. Lourdes significaba, socialmente, todo lo correcto, todo lo que se debía hacer dentro de los límites de lo moralmente aceptable. Nunca una mala palabra, nunca una travesura, nunca un gesto de rebeldía o una complicidad con nosotros. Su vida era un no permanente, un eso no se hace, esto no se dice. Tal vez la negación sea, acaso, un buen modus operandis de vida.
Mercedes y yo exploraríamos siempre todas aquellas cosas que nos generaban curiosidad. Aún hoy, ya crecidos, nos juntamos a reír de nuestras locuras.
Esa exploración fue la que siempre nos mantuvo vivos, nos dio alas, nos llevo por caminos diferentes, pero que en algún momento se encontraban. En esa exploración, hace mucho tiempo, me encontré en un cuerpo ajeno, un cuerpo que frente al espejo deseaba ese cuerpo. Una exploración que me llevaría a caminar por algodones, abismos y plenitudes.
No sentía que mi cuerpo fuera mi cuerpo. Todo en la adolescencia, un tramo difícil de transitar. De chico el modelo hombre-mujer, de chico; el pene en la vagina, de chico; el sexo entre hombres esta mal, de chico; Dios te castigara, de chico y con la cabeza taladrada por mensajes externos, busque ser libre a partir del silencio. Callar parecía ser entonces la manera más efectiva de manterme intacto, pleno, lucido, aunque sin vida.
Comencé a escribir. Me inventaba la vida que deseaba, no la que llevaba. ¿Qué sintiese deseos por un hombre siendo un hombre? ¿Y sí estaba mal? ¿Y sí era verdad qué Dios, desde su eterna sabiduría, me lanzaba un rayo que me dejaría calcinado con el sólo hecho de pensarme acostado con otro hombre? ¿Y cómo sabia sí estaba mal si no lo hacia?
Literatura, escritura; formas de espejarme. Leía, escribía hasta quedarme sin deseos, hasta morir en cada hoja. Renacía al otro día para comenzar nuevamente el ritual. La escritura me regalaba el mundo, me inventaba en el. Escribía, juntaba todos los papeles y al atardecer los encendía en el parque; observando, con deleite, como todos mis pecados eran consumidos por el fuego, como se elevaban en torpes cenizas negras hacia un Dios que no permitía mis malos pensamientos. Mis ojos lagrimeaban por el humo y por tanta opresión quemada.
La escritura me salvaba, me rescataba del naufragio hormonal en el que me sentía perdido. ¿Estaba mal pensar lo qué pensaba, sentir lo qué sentía?
Aunque cualquier momento haya sido ya entonces, quería buscar la posibilidad de volver de lo que no había aún hecho. Las cosas allá a los lejos me esperaban, como todas las cosas; deseadas, amadas… latentes.
Ya de chico, y no sé por que cosa del destino o la vida, entendía que lo peor no esta por venir nunca, desde antes de mí ya ha venido; yo no estaba dispuesto a hacerle entender que me había enterado.
Nada de lo dicho era lo correcto, veía al mundo como algo equivocado y hostil, un mundo del que yo era el huésped y él, una delirante compañía. Casi todo era NO, como el eco de las palabras mayores, de esos adultos que parecía que no habían cometido errores nunca, jamás.
Así fui construyendo el cuerpo, moldeándolo incesante, cincelándolo bajo la mirada cuasi-atenta del espejo, en el cotidiano encierro.
Muchas veces deseaba una nave, que la imaginaba azul, una nave que me diese el poder para irme, el poder del viaje inesperado, repentino y duradero. Algo así como a otra galaxia, otro cielo; sin filas escolares, sin auroras cautelosas, sin el discurso del héroe; de aquél que fue, porque mató.
Deseaba todo sin saber qué. Deseaba lugares, soñaba el mar, la luna, una estepa de estrellas abrigándome en la noche. Ahí sentí la necesidad de alejarme un tanto de mí para poder encontrarme allá, a lo lejos, anónimo y en lo anónimo, y rescatarme o perderme de una vez por todas.